jueves, 12 de marzo de 2015
HISTORIA DE UN PERRO. Esto no es de mis novelas. Es realidad.
Era yo un adolescente de 16 años. Estaba estudiando en un colegio donde éramos sesenta niños y varios profesores.
Un día, sin saber cómo empezó, cuando todos los profesores estaban en sus habitaciones, comenzamos a pelearnos. De pronto nos dividimos en dos grupos. Unos apoyaban a Pedro, otros a Ramón, los dos titanes del cole, los cuales se enfrentaban por cualquier cosa.
Pero ese día iba a ser una pelea mucho mayor.
De pronto aparecen los superiores. Y por un megáfono nos dicen que quedamos todos expulsados.
En el plazo de tres días debíamos regresar a nuestros hogares o dividirnos en dos colegios.
Nadie se quería marchar, y por supuesto Pedro y Ramón quedaban definitivamente expulsados.
Yo opté por cambiar de colegio. Otros lo mismo. Así que en menos de 15 días ya estábamos en diferentes colegios.
El llegar, después de un día de tren, nos fuimos a descansar a las habitaciones que nos asignaron.
Mi habitación daba por un lado a un rio desde donde se divisaba un verde valle y grandes alamedas.
Por la otra ventana se veía una empinada montaña, llena de árboles no muy altos que tal vez fueran plantados dos o tres años atrás.
Cerca, muy cerca había un corral de gallinas, y una cabaña.
Me quedo mirando y observo que en la cabaña había un gran perro. Un perro con cara de pocos amigos, y cuyos ladridos me hacían temblar.
Estaba atado con una fuerte cadena, la cual arrastraba con fuerza para acercarse todo lo que podía para ladrar cerca del intruso desconocido.
Ese intruso era yo.
Me agradaba subir alguna vez a la montaña. Pero no tenía otro camino que pasar por delante de aquella fiera.
Un criado me dijo, con palabras fuertes y amenazantes:
-Si quieres vivir ni te atrevas a pasar por aquí.
-¿Quién le lleva de comer?
-Nadie. Se le tira la comida por este tubo, y tiene abundante agua.
-¿Quién le puso la cadena?
-De cada semana viene el veterinario. Debe ponerle una inyección, y bajo los efectos de la anestesia…
Eso para mí significaba que para subir a la montaña con los otros niños debía dar la vuelta a todo el colegio. Eso suponía pasar el rio a la otra orilla. Y por eso prefería quedarme sin ese paseo,
Un día me acerqué un poco, a prudente distancia. Los superiores me decían que era un peligro y que no se responsabilizaban de lo que pudiera pasar.
Así, poco a poco, y con mucha constancia fui acercándome cada día un poco más. Un buen día me puse a comer cerca de él. Solo una valla nos separaba.
El perro miraba para mí como pidiéndome algo. Pero nada le di
En los días sucesivos le daba un poco de carne guisada, de la misma que yo comía. Y cuando me veía llegar ya movía el rabo porque sabía que le llevaba comida.
Un día metí la mano por la reja, y le di con mi mano un trocito de aquella carne guisada que tanto le agradaba.
El perro me lamio la mano, y dándole a la cola se arrimó a la valla dejándome acariciarlo.
Nuestra amistad ya comenzaba a solidificarse. Pero yo desconfiaba de que pudiese aun acordarse de su instinto de fiereza y me pudiese arrancar un brazo. Era cuestión de comprobarlo.
Armándome de valor me metí dentro de su enorme jaula, y le puse un plato de comida en el suelo, mientras yo me sentaba a su lado y comía tranquilamente.
Cuando acabó de comer se acercó, y poniendo su hocico en mis rodillas me pidió más. Entonces yo le di.
Iban pasando los días, y el perro buscaba mi compañía. Cuando me veía me lamia las manos en espera de algún regalo.
Luego cuando no estaba nadie cerca le enseñé a jugar con un palo.- Yo lo tiraba y él lo traía. Así pasábamos tal vez una hora.
Otro día me lo llevé a pasear por la enorme huerta. Le enseñaba a sentarse cuando se lo decía. A no adelantarse a mí. Y cuando se portaba bien le daba una pelota impregnada en azúcar que le agradaba mucho. Luego cuando yo me iba me entregaba la pelota.
Ya éramos grandes amigos.
Pero su amistad solo era para mí.
Le enseñé a obedecerme siempre. Y cuando me obedecía le dejaba un rato la pelotita, y así se acostumbraba a ser dócil
Cuando en el verano el sol apretaba mucho, lo llevaba conmigo por la huerta. Nos sentábamos a la sombre, y se iba en busca de fruta caída que depositaban delante de mí.
Un día quise probar si su amistad era sólida.
Su nombre era “Turco”, Le llamé: Y se acercó.
Luego remangué un brazo y le dije:
-¡Turco, cómeme este brazo!-
Abría una gran boca, pero no me tocaba. Entonces yo le metí mi brazo en su boca. El Turco hizo como que me mordía, pero no apretaba.
Ese juego lo hacíamos muchas veces. Y cuando terminaba de jugar le entregaba un rato el premio que era simplemente una pelota.
Desde entonces su amistad conmigo era total. Pero no quería que nadie se acercase a mí.
Había en la huerta una enorme piscina. A veces me tiraba a nadar un rato., mientras el Turco se sentaba y no me dejaba de mirar.
Un buen día pensé:
-¿Qué haría este perro si yo me hundiese? Voy a probarlo.
Entonces hice el submarinista, y al ver que me hundía se lanzó al agua, y cogiéndome por un brazo nadó con fuerza arrastrándome hasta la orilla.
Yo continué a ver que más podía hacer.
Entonces al ver que yo no me movía se acercó veloz a un criado, el cual le tenía un miedo horroroso al perro. Y al verlo acercarse se creyó hombre muerto. Pero Turco lo cogió de la chaqueta y casi arrastro lo llevó hasta donde yo estaba.
El pobre animal se veía impotente de salvarme y fue en busca del criado.
Yo le explique al criado que no le temiera, que no le iba hacer ningún daño.
Desde ese día Turco tenía dos amigos, El criado y yo.
Era un perro muy obediente, aunque era un perrazo enorme.
Durante una temporada, y ya cuando lo tenía bien educado, le enseñé a tumbarse al suelo a tumbar cualquier persona, con ayuda del criado y estar a su lado sin dejarla levantar. Pero sin hacerle otra cosa que saltar al alrededor de su víctima sin morderla.
Algunos rapazuelos venían a robar la fruta.
Una noche fui con él, y esperamos que los chicos entraran.
Al entrar los tumbó al suelo, mientras los chicos gritaban espantados.
Les dije que si me prometían no volver a robar la fruta que los dejaría irse. Y se fueron para nunca más volver.
En este tiempo tuve que irme a una pensión.
En Perro se quedó en su enorme jaula. Cerca pasaba un camino. Cuando l silbaba conocía mi silbido y se acercaba a la valla dando golpes para poder tumbarla y venirse conmigo.
Fue entonces que tuve que irme a otro colegio.
Yo me recordaba mucho de Turco, Creo que Turco se acordaba también de mí.
Un día, después de un año, llamé a la puerta. El portero abrió la puerta, y el perro, al escucharme, saltó por encima de la alambrada y metiéndose por medio de los profesores y alumnos, dejando un pánico terrible entre ellos, y más de una mesa tumbada se viene hasta mi lado. Se subía poniendo sus enormes patas en mis hombros lamiéndome la cara.
Era enorme. Debía pesar sesenta kilos o más,
Pero también acariciaba al portero, el cual se creyó hombre muerto, por el miedo que le daba el animal.
Luego entré, y lo llevé a su jaula, prohibiéndole ladrar.
Le di la pelotita de marras, y allí se quedó
Pocos días después regresé a Salamanca. Y al año, más o menos, El perro Turco, se murió.
Es una pequeña historia de cómo los animales más fieros pueden amansarse con amor. ¿Y por qué los hombres no imitan a los perros en eso de devolver amor a quien le da amor?
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