miércoles, 26 de junio de 2013
FLOR DE MAYO
Había una vez un joven que vivía en una casita en un pequeño bosque que estaba en una colina cerca del mar.
Desde sus ventanas contemplaba las barquitas de los pescadores, mientras el esco hacia llegar hasta él el ronco son de las olasz mezclado con los cantos de los hombres del mar.
Muy cerca un jardín, donde las flores despedían un dulce aroma, mientras las mariposas y las abejitas se posaban de flor en flor para libar en sus cálices el néctar embriagador.
En una de esas tardes, cuando el sol se acerca a su ocaso, salió a dar un paseo por la bahía, a la cual se llegaba bajando un tortuoso sendero.
De pronto se encontró un bellísimo vergel de flores de variados e irisados colores. Su admiración fue mayúscula cuando oyó una voz femenina, dulce, muy dulce, con esa gracia inigualable, que le decía:
-Que miras? ¿Es que acaso te agradamos?. Nosotras estamos aquí para deleitar la vista del transeúnte, pero también para ser amadas.
El joven restregó varias veces los ojos, incluso se pellizcó creyendo que estaba soñando. Pero como la flor siguiera preguntando, se decidió a contestar.
-Yo…pues yo estaba dando un paseo. Nunca había reparado en este jardín. No sabía que las flores hablaran. ¿Tenéis nombre?
-Pues claro que sí. Todos tenemos nombre.
-¿Cómo te llamas?
- Flor de Mayo.
- Bonito nombre. Vivo en un suntuoso edén, mi casa está junto al bosque en esta colina, es hermosa. Las olas del mar arrullan mis sueños. Tengo muchas flores en mi jardín, pero no hablan, no me entienden ni yo las entiendo. ¿Quieres venirte a mi jardín?
-Acabas de decir que tú no entiendes a las flores. Yo soy una rosa ¿sabes? Una rosa muy bella, pero…ignoras que las flores tenemos espinas?
-No. No lo ignoro. Si quieres venir conmigo te dejaré el mejor lugar del jardín. Es un jardín muy bello.
-No sé, no sé. Si yo me fuese contigo sería para estar siempre contigo.
-Yo viajo mucho. A veces me voy lejos de España ¿Cómo quieres que te lleve de un lugar a otro? Mejor que vivas sola en el jardín. Todas las otras flores te amarán…
-No, y no. Si me voy contigo es para sentirme amada y para darte mi perfume de amor.
-Está bien. Entonces te arranco te vienes a mi casita.
-Nada de arrancarme. Me llevas en tus brazos, junto a tu corazón en mi maceta. Venga. Cógeme en tus brazos.
Y el joven se llevó la flor a su casa.
Muy bien los primeros días. La flor le contaba bellas historias, las cueles había oído a los luceros de la noche en lasz noches de estrellas, y otros cuentos que navegaban en las olas del viento cuando las tormentas anunciaban lluvia- El joven escuchaba entusiasmado aquellos bellos cuentos, y se dormia con la flor en sus brazos, embriagado de su dulce aroma. Asi un dia y otro día, asi un mes y otro mes. Ambos eran dichosos y felices en la casita del bosque desde donde se divisaban las estrellas brillando puras en el mar.
Pero las preocupaciones, el trabajo, los trajines de la vida le hicieron olvidarse de su dulce compañera que se conformaba tan solo con un poco de abono y agua, a cambio le hablaba dulcemente con su perfume cariñoso.
Un día se olvido de regarla. Luego dos, tres días…La flor se iba marchitando, y las espinas eran cada vez más punzantes, mientras que el aroma era cada vez mas mustio.
Al pasar un día cerca de su flor, ésta le dio un zarpazo sin querer en el rostro que le hizo sangrar.
El joven creyó que había sido de propósito y tomando la flor se la llevó al jardín, y allí la dejó en medio de las otras flores.
Vino la lluvia misericordiosa y le dio de beber. Vino la noche estrellada y la flor se enamoró de los luceros. Llegó el otoño y la rosa perdió sus hojas y vigor.
Al pasar una mañana a su lado el joven la vio y se compadeció de ella... La flor ya no hablaba, sus pétalos se caían. Y recordando el amor que le había tenido comenzó a regarla, le dio abono, le cambió la tierra, la cuidó con esmero. Pero la flor, marchita y desenamorada…se dejó morir. La enterró en un rincón de su jardín regándola con sus lágrimas.
El joven volvió a verse en la soledad. Todos los que sabían el maltrato que le había dado a la flor le retiraron la amistad.
Una mañana observó que la flor volvía a asomar sus verdes retoños al avanzar la primavera. Entonces la besó, la mimó. Mientras la flor iba creciendo.
Cuando ya pudo hablar la llevó siempre con él. Y cuentan que vivieron siempre unidos hasta que el joven ya viejo se murió.
La flor fue plantada cerca de su dueño, dando hermoso perfume a su amado.
La flor es la mujer. Esa mujer compañera que es ángel del hogar, que da su perfume, su vida, su lozanía, su juventud a su amado y a sus hijos.
No dejéis nunca de regarla con vuestro amor, aunque algunas veces os puncen sus espinas, porque ella necesita de vosotros. Y vosotros necesitais de ella.
El agua y el abono que conservan pura y lozana a la flor es vuestro cariño.
La flor amada será siempre cada día mas bella, y vosotros seréis mas felices.
domingo, 16 de junio de 2013
ERASE UNA VEZ
Érase una vez un bosque que estaba limitado por dos grandes ríos. Los pajaritos cantaban desde el crepúsculo con dulces trinos. Los ruiseñores entonaban dulces canciones al atardecer. Cascadas cayentes desde lo alto de las montañas dejaban esparcidas sus aguas por el bosque el cual llenaba su suelo de flores como una alfombra multicolor. Los peces de colores recorrían alegres los ríos, parándose a veces para batir sus irisadas aletas mientras los mosquitos curiosos se acercaban sirviendo luego de comida apetitosa.
Las gaviotas besaban al lago azul como una coma en sus líquenes para luego remontar su vuelo por el cielo azul.
Este bosque se llamaba “El Bosque maravilloso.
Los niños jugaban alegres al cuidado de las hadas que desde los árbolitos los vigilaban, y si alguno se perdía lo llevaban a su casita. Estas casitas eran de piedra, en forma circular, con ventanales a todos los lados y con el techo de paja.
Mayores y niños Vivian alegres, a veces escuchando los cuentos que las abuelitas narraban de sus andanzas por otros lugares lejanos.
De los árboles pendía fruta en abundancia...Todo vida y color era, toda fronda y felicidad. Pero...faltaba algo. Faltaba un Rey. Un Rey que tuviese cerca de sí a sus súbditos en la paz y el sosiego de los dulces atardeceres.
Un día se decidieron los mayores a salir del bosque e ir por el mundo hasta encontrar un Rey. Imposible. Los reyes tenían su reinado y no podían dejarlo. Por fin un anochecer encontraron una joven preciosa sentada sobre un tronco caído en el jardín de su casa. Ella les preguntó:
¿A dónde vais por estos lugares tan poco transitados?
-Vamos en busca de un Rey, pero no encontramos ninguno.
-Mi padre es rey. ¿Queréis hablar con él?
-Sí, claro que sí.
Al poco llega un Rey majestuoso de la mano de su hija. Habló con aquellos hombres...pero tampoco él podía ser rey. Y dijo:
-Yo no puedo ser rey de vuestro territorio, mi hija cumple mañana 16 años. Le corresponde ser Princesa porque es la hija del rey. Si ella quiere podría tomar posesión de vuestro país y ser su Princesita.
Al día siguiente llegó la joven Princesa al Bosque Maravilloso. Tan enamorada quedó de aquellos bellos lugares que quiso quedarse. Los habitantes la proclamaron su Princesa-Reinante Y desde entonces fue la Princesita del Bosque.
-La Princesa del Bosque era dulce en sus palabras, bondadosa con sus súbditos, hermosa y gentil. Todos la apreciaban y ella amaba a todos. Los pajaritos cantaban bellos trinares en las verjas de sus ventanas, los ruiseñores arrullaban sus sueños y los pececitos de colores daban saltos de alegría.
Los habitantes del pueblo hicieron un hermoso jardín bajo sus ventanas y lo poblaron de rosas y flores. Dos acequias lo regaban de paso que alimentaban preciosos surtidores que imitaban graciosos enanitos y otras figuras salidas de las mil y una noches.
Las flores brindaban sus colores y su aroma, los árboles su sombra mientras enseñaban entre sus hojas preciosos frutos. Era la delicia de quienes se acercaban sedientos apagar su sed en las cristalinas aguas que borbotaban alegres acá y allá.
La Princesita paseaba cada día entre tanta belleza charlando amigablemente con cualquiera de sus vasallos. Los niños, en los momentos libres que sus deberes les permitían se iban junto a su Princesa para escuchar algún bello cuento que ésta les narrara.
Pero en el bello rostro de la Princesa había una sombra de misterio que a veces refulgía a la luz de los rayos del sol poniente, dejando asomar a sus ojitos una gota salobre que acibaraba por un momento las narraciones que hacía a sus pequeños amiguitos.
Un día una niña que estaba sentada en la fronda al lado de la Princesa contó que sabía de una cueva donde había un lago azul y en el lago una sirenita que cantaba bellas canciones de tristeza. Invitó a la Princesa a acompañarla
La Princesa accedió. Caminaron varias horas por el monte, y cuando el crepúsculo vespertino se acercaba llegaron a las faldas de una colina donde se oía el pasar cascabelero de un rio juguetón.
Sentadas en unas piedras contemplando la bella puesta del sol que aquel día deleitaba sus ojos con sus irisados colores, cuando de pronto la Sirenita movió las aguas y apareció gentil llamando a la Princesa por su nombre
Se acercó y oyóla cantar una melodía tan bella que la La Princesa quedó maravillada. Luego acercándose le pregunta:
-Entonces tú eres una Princesita? Sabrás que este es mi lago. El lago de la Sirenita Azul. Hace mucho que habito esta agua, porque también yo soy la reina de estos lugares.
Está bien, Serenita Cada tarde vendré a visitarte
-Oh, sí. Ven porque estoy muy triste. Otro día te contaré mi historia.
-Y yo me sentiré muy contenta de escucharte.
miércoles, 12 de junio de 2013
Entre tanto el Sacerdote, admirado por tal promesa, puso todo en manos de Dios. Convocó a todos los jóvenes de la descendencia de David en la edad de entre veinte y treinta años para que se presentaran. Debían traer una varita con el nombre y apodo de la casa.
Los mocitos se decían “Que cosas tan raras. Para llevarse una virgen del templo hay que llevar una rama con nuestros nombres”
Cada uno preparó su ramita, puso su nombre y se fue hacia el templo. José se recordó que debía ir al templo. Se puso el capote, y al pasar por delante del huerto de María tomó una ramita en flor, la envolvió con hojas, le puso su nombre y la llevó al templo.
El Sumo Sacerdote había pensado: El que traiga la rama más verde, a ése se la ofreceré como esposa, y se guardó este secreto.
Entregaron sus ramitas y esperaron. Al poco rato sale con la ramita de José en la mano, y dice:
-José de Alfeo, de la Estirpe de David, tú has sido el escogido para ser el esposo de una virgen del templo, llamada Maria, hija de Joaquín.
-Lo siento Sumo Sacerdote, pero yo no quiero…no la tomaré como esposa. Escoge a otro.
-Eres tú el elegido José. Trátala bien.
Y al decirlo se marchó.
Sale con la Virgen, que no era más que una niña de quince años. Los deja solos. José la mira. Maria llora y a penas levanta su cabeza.
Entonces José le dice:
-Tengo que decirte una cosa, Maria. Yo conocí a tus padres, yo hice tu cuna cuando has nacido. Pero yo no seré tu esposo al menos que aceptes una condición.
-¿Que condición José?
-Yo me he consagrado Nazareo ( virgen) a Dios, y así voy a permanecer toda mi vida. Si me aceptas así entonces te tomo por esposa, de lo contrario no.
-Bendito sea Dios. Eso mismo te iba a decir yo José, porque también me he consagrado Virgen, y quiero permanecer Virgen de cuerpo y alma toda mi vida.
-Bien, pues si es así, entonces vayamos al templo a ofrecer a Dios nuestra castidad, que sin ser malo tener hijos, Dios nos llama a los dos por otro camino, tal vez mas desconocido, pero esa es la vocación
Fueron al templo, Mientras Maria fijaba en los ojos de José sus cándidos ojos azules llenos de pureza.
Desde entonces ya eran prometidos, que en Nazaret en aquellos tiempos era como la confirmación perpetua del noviazgo.
-Pasó algún tiempo y José fue al Templo para traer a Maria a la casita que sus padres tenían en Nazaret, Ya habían muerto.
El sacerdote les dio su bendición y en una carroza se vinieron a Nazaret, pequeña aldea, donde todos recordaban a la Niña Maria, y ahora la iban recibir en la carroza de José.
Se instaló en la casita de sus padres, allí vivía solita, trabajando en el telar y cosiendo y bordando. Así se iba ganando algo para vivir, además de lo que le daba el huerto, que ahora había sido diezmado porque los romanos hicieron pasar por allí una calzada.
José de Alfeo tenía su casa cerca, y su cuñada Maria (Maria Mayor), esposa de Alfeo le traía algo de comer.
Una mañana salió al huerto que ahora estaba en flor, era primavera. Tomó unos ramos de perales y duraznos que ahora estaban en flor y los colocó en un jarroncito el cual puso sobre la mesa. Luego se arrodilló y recitó las oraciones que le habían enseñado en el Templo.
Se puso a trabajar en el telar, cuando de pronto un viento fuerte agita las cortinas de la ventana. Mira, no ve nada, y sigue trabajando. Pero he aquí que otra ráfaga de viento vuelve a agitar fuertemente las cortinas. Una claridad hermosísima penetra por la ventana. Atraviesa las cortinas y esa claridad, luz de luna, se desgrana cual preciosa flor, y de en medio de esa luz aparece un bellísimo ángel.
María, absorta ante lo sobrenatural, se levanta, se va hacia la pared como buscando refugio. Mira a la hermosa figura resplandeciente, ve un joven con sonrisa celestial que le dice:
-Hola Maria. No temas. Vengo de parte de Dios.
Pero Maria piensa ¿Que querrá de mí? ¿Será cosa del cielo o del enemigo? Y el ángel prosigue:
Aleja de tí esos pensamientos, Maria. Vengo de parte de Dios para pedirte que aceptes en ser la Madre del Mesías, pues Dios debe tomar carne humana.
Ahora María está mucho más turbada, piensa ¿Quien soy yo para ser la madre de Dios? ¡La Madre de Dios, como quien no dice nada!
Y el ángel le dice:
-María, El cielo, la tierra y nuestro Dios esperan tu respuesta.
-A Dios me he consagrado. ¿Es que Dios no quiere ya la pureza de su sierva?
-Sí que la quiere Maria, pero si aceptas el hijo que nacerá de tí no será por obra de hombre, sino por obra del espíritu santo, y por eso será llamado con razón El Hijo del Altísimo. ¿Que debo decir a Dios, Maria? ¿Cual es tu repuesta? Para Dios nada hay imposible. Tu prima Isabel la esposa de Zacarías está embarazada de seis meses.
María se queda pensando, Comprende la enorme responsabilidad que va adquirir al decir que sí. Piensa un rato y contesta:
-Dile a nuestro Dios que acepto en todo su voluntad. Hágase en mí tal como Él quiere.
Al pronunciar estas palabras el ángel se arrodilla ante Maria y se inclina hasta el suelo.
Sabido es que los ángeles no adoran a los hombres. Entonces ¿a quien adoraba?
Adoraba a Dios, porque en aquel instante Dios toma un cuerpo de la sangre y carne de Maria, crea de la nada un alma….A este cuerpo y alma se une el HIJO DE DIOS, el cual desde ahora es al mismo tiempo Dios y Hombre.
Después de adorar a Dios en el seno de Maria el ángel desaparece en medio de un resplandor, y Maria queda conocedora de todo el Misterio de la Encarnación.
sábado, 8 de junio de 2013
UN ENCUENTRO CON DIOS.
Cada semana, si es posible, cada persona debiera tener un encuentro con Dios.
¿A caso no es eso lo que el mismo Dios quiere de cada uno de nosotros? Antiguamente no había Sacramentos. Pero Dios ya había establecido su voluntad de que todo hombre debía tener un encuentro con Él. ¿De qué manera?
Pues guardando un día para Él. Un día en que no se dedicase a las criaturas, sino a Él. Era entonces el sábado. Sábado quiere decir descanso.
En ese día había que orar, ayunar, ayudar a los necesitados, pedir humildemente perdón, y perdonar a los que nos hicieran daño
Después Jesús ha establecido el Sacramento de la Eucaristía.
Y como Jesús es Dios y está en la Eucaristía, por eso Dios quiere que tengamos un encuentro con Él acudiendo a la Eucaristía.
Pero también estableció el Sacramento del perdón.
Dos amigos que se quieren, si se han ofendido, si uno ha ofendido al otro es natural que primero de tener un encuentro se reconcilien.
Entonces recibir el Sacramento de la Reconciliación es lo mejor para tener un encuentro con Dios
Así sucedía antes en todas las parroquias. El párroco estaba media hora antes de misa en el confesonario en espera de hombres y mujeres que desearan tener un encuentro con Dios. Aquellos que habían faltado a Dios en cualquiera de los diez mandamientos, o en todos, debían acercarse al sacerdote, contarle sus culpas, y el sacerdote perdonaba sus culpas en nombre del mismo Dios que tal autorización les ha dado a los sacerdotes.
En la actualidad esta práctica se va borrando de la mente de las nuevas generaciones. Ya no hay sacerdotes en el confesonario esperando l penitente. Solo en algunas parroquias. Ya no hay personas para confesar sus culpas. Ya no hay ese intimo acercarse a Dios, contar sus culpas, y oír de labios de Cristo, cuando por medio del sacerdote te dice “Vete en paz, porque tus pecados se te han perdonado. Tus culpas ya no existen. Eres un ser nuevo, sin culpas. Procura no pecar más”
Y lo peor es que se ha perdido la conciencia de pecado. Al perderse la conciencia de pecado se va a comulgar, a veces animados por el mismo sacerdote que dice que en las misas se debe comulgar. Pero el sacerdote tendría que decir primero: “Debéis de comulgar, sí, pero en gracia de Dios, porque la Comunión es un Sacramento de vivos, y Y a un Sacramento de vivos no puedes acercarte en culpa grave, porque cometes un pecado más llamado Sacrilegio.
Si tú y cada uno de nosotros procuramos tener un encuentro con Dios cada semana es casi seguro que dios tendrá un encuentro con nosotros a la hora de nuestra muerte, a no ser que nosotros rechazásemos ese encuentro.
Hay personas muy buenas, que ayudan al sacerdote como laicos, y suelen impartir la doctrina cristiana. Pero tened en cuenta una cosa:
Entre los catequistas a veces se encuentran encargados de llevar las almas a Dios que están constantemente repitiendo y repitiendo hasta cansar “Debes ir a confesar tus pecados. Repiten: Debes ir a confesar tus pecados. Vete a confesar tus culpas. Vete ya….
Quiero decirles a estas personas que aunque lo hagan con buena voluntad no deben forzar las situaciones.
Un catequista no es más que un sembrador. Su deber es impartir la palabra de Jesús y decir a todos sin dirigirse a uno solo: Todo pecador debe pedir perdón de sus culpas, y acerarse a un confesor, para oír de labios de Jesús TUS CULPAS TE SON PERDONDAS”
Lo digo porque en los Chats católicos se encuentran personas que, con el ansia de que un pecador se acerque al confesor, lo repiten tantas veces, que parece una obsesión. ¿Sabéis lo que conseguís? Pues que el pecador os tome por unos obsesos y no os vuelva a escuchar.
Hay que ser muy cuidadosos cuando se trata de llevar un alma a Dios. Primero hacerle ver la bondad de Dios, después prepararlo poco a poco para una confesión, y después decirle que se acerque con arrepentimiento a un confesor.”
Es así, y no querer conseguir ya y ahora lo que se propone. Es decir, Primero explícale quien es Dios, los atributos de Dios, que son su Misericordia y su amor…Después que el, pecador sepa quién es Dios inspirarle arrepentimiento, y luego indicarle que Dios lo espera para tener un encuentro de amigos entre los dos.
A ver si hay suerte de que lea esto alguno del Chat Católico…
jueves, 6 de junio de 2013
EL ABUELO
Llegan los últimos días de un viaje por el mundo, y me encuentro a la sombra de un día de lluvia tibia y placentera. Esa lluvia silenciosa que lava y moja, procedente de unas nubes que pasan presurosas a la deriva por los campos siderales.
Asiento los pies en las movientes arenas. Miro alrededor y veo que estoy al borde de la noche.¡Jamás pensé en verla!
Esa noche inmensa, cuyo rostro se oculta en lo infinito, mirando con sus ojos sin fondo la niebla del futuro, y carcajeándose ante el rumor de las olas pasadas. Olas que guardan en el fondo del océano la rápida carrera del existir.
Allá a lo lejos la débil luz de un faro vacilante y lánguido, que, al mismo tiempo que emite luz, deja oír sus palabras que se pierden en el silencio de la noche pasada Vi que la luz del faro era vacilante, que las olas pasadas llenaban mi mente sin dejar sitio a los recuerdos de los verdes bosques que pisaba, y del rió que reía. Comprendí que tanta flor, tanto aroma, tanta noche estrellada rompía mi pensamiento y anulaba mi palabra y dije algo que no comprendí.
Tampoco me comprendieron los demás, porque llegaba ese sueño que ilusiona donde uno cree estar a solas con la persona amada, y dice cosas de una ternura vana, porque no existe esa persona, ni la ternura, sino una juventud pasajera que se esfuma mientras la alabas.
Es el invierno frió que apaga el calor. Es el sonido de la campana que sigue y sigue más allá, dando siempre el mismo tañido, llevando a los oyentes el mismo son.
El frio invierno que apaga la actividad que se extendió por las estaciones de la vida, y que empuja a uno hacia el olvido. Empuja sin piedad
Nadie se acerca a uno por grande y fuerte que haya sido. Solo el olvido. El olvido que acampa donde hubo compañía, comprensión, hermosura y juventud.
Entonces oí un eco como venido del fondo de los espacios de una edad pretérita. Me acerqué a distancia, como se acercan todos, y pude escuchar:
…-“Porque yo también fui joven y alegre, fuerte y vigoroso…” ( Esto decía, pero temió equivocarse cuando vio la risueña burla en los labios de los que por compasión le escuchaban, y se calló. Tal vez se equivocó siempre, porque siempre se creyó el centro, el fuerte, el sin fin. Pero ahora….)
y yo me acerqué más. Yo solo, porque hace días que lo voy siguiendo, porque también sé como muere el fuego verde.¿ Tantas veces estuve en su agonía…!
El albuelo no se cansa. No se extingue por el cansancio y por el sobrepeso. Se muere tan solo por el olvido, por la soledad, por el abandono…
Por el olvido: Pues nadie lo recuerda, nadie lo reconoce. Y pasan mentes ilustrísimas y lo examinan en sus huellas dactilares, pero no lo reconocen.
miércoles, 5 de junio de 2013
“Había una vez un mar azul, cuyas olas rugientes se estrellaban enfurecidas contra la arena. Pero la arena era tan mansa que nunca se enfurecía, por eso el airado mar una y otra vez envestía a la playa sin conseguir abatirla.
Por las noches los luceros dejaban ver un cielo esmaltado de pequeñas luces en el profundo abismo de su cielo oscuro que daba una gran tranquilidad a quien lo contemplaba.
Desde el mar se erguía una pequeña colina llena de árboles de hojas perennes y castaños, donde anidaban variedad de pajaritos, los cuales entonaban sus arpas hirsutas llenando el aire de melodías.
También los rosales, mezclados con las flores del campo, y las madreselvas despedían un aroma maravilloso.
Desde el mar un tortuoso sendero subía hasta una pequeña explanada, sobre la cual se alzaba una hermosa casa.
Un pequeño arroyo procedente del cercano bosque atravesaba el jardín, y sus cascabeleos sonoros parecían canciones que derramaba al pasar cerca de las flores y las rosas de mil colores, las cuales, agradecidas exhalaban un dulce aroma embriagador que deleitaba todo el bello jardín, y las aguas, cansadas de tanto caminar, se escondían en pequeños remansos para aspirar su aroma.
Al lado de la casa pasaba aquel sendero, tortuoso y solitario que el sol besaba sonriente y la brisa matutina mecía las verdes ramas de los árboles, las cuales parecían jugar sembrando aquí y allá sus movientes sombras como niños que jugases al pasar.
La casita que estaba en medio de este hermoso jardín tenía muchas ventanas, como ojos que contemplasen la playa a un lado, el bosque al otro, y allá abajo el bravío mar, que en las noches de claros luceros dejaba retratar la estela de los barquitos de los pescadores cuyos alegres cantares se confundía con las rugientes olas que espumantes se morían en las suaves arenas.
En una de las ventanas, en aquella que estaba sobre el jardín. Una hermosa niña de largas y rubias trenzas bordaba y cantaba con su argentada voz.
Un día de primavera, cuando las flores despertaban abriendo sus pétalos al nuevo sol, me fui acompañado de mi perro Patón a dar un paseo por el bosque. Era el día del Corpus Cristi.
Las campanas de la aldea sonaban alegres, lanzando al aire el son al tañir de sus bronces sagrados, que las suaves ráfagas del viento llevaban hasta mí.
Al pasar delante del jardín me asomé sobre la cancela, mientras leía un rótulo en una pared desconchada y sucia que decía: “No acercarse, casa en ruinas, peligro”
Miré desconcertado a mi perro, el cual también me miraba, acercándose a un agujero que había sobre la puerta rota. ¿No había visto yo una preciosa niña bordando en el balcón? ¿Cómo es que ahora solo estaba la casa en ruinas en un lugar privilegiado, al centro de un jardín descuidado y sucio?
Después de estar un rato sentado bajo las madreselvas despeinadas que cubrían la entrada seguí andando pensativo. ¿Habré visto visiones?
El perro ladró no sé a quién, y acorté el paso para ver si alguien se acercaba.
Solamente el eco de los ladridos de Patón volvía hasta mí como ondas en el aire.
Es bonito un eco. Me agrada cantar en voz alta para que el eco devuelva mi voz estrellándose contra las lomas de la colina.
Volví la cabeza otra vez hacia la casita por ver si veía al jardinero.
De pronto veo otra vez aquella hermosa niña, bordando, en el mismo lugar donde antes la había visto.
Lleno de curiosidad me vuelvo, llamo a la cancela, y me quedé asombrado al ver otra vez aquel hermoso jardín lleno de flores de dulce fragancia.
Aquella muchacha, tal vez frisando en los dieciocho años, con una bellísima sonrisa en sus labios carmín, y mirándome con sus ojos de un azul profundo me dijo:
-Hola. ¿Eres Carlos, verdad?
Un poco aturdido no sabía que contestar. Temía que desapareciera o que fuera tan solo un sueño.
La voz dulce repetía como un eco maravilloso “¿Eres Carlos, verdad?, así varias veces hasta que una brisa barrió sus palabras
Fue entonces que le dije:
-Sí, Soy Carlos. ¿Cómo sabes mi nombre? Nunca he pasado por este sendero, nunca te he visto. Por eso me extraña que sepas como me llamo ¿Cuál es tu nombre?
-Mi nombre es Karolina. Ahora ya sabes mi nombre.
Mientras hablaba no apartaba sus ojos den mis ojos, y su sonrisa tan hermosa me hizo dudar si era una joven o un ángel.
Un rato de silencio, mientras le di la mano para corresponder a su saludo.
Entonces me pareció que las flores exhalaban un aroma mucho más dulce, un aroma que envolvía el arroyo, la luz, todas las flores y llegaba hasta perderse allá lejos, muy lejos.
Sus labios volvieron a sonreír, mientras brotaron unas palabras muy suaves, tan suaves que Patón se acercó a ella.
Restregué los ojos, porque me parecía una quimera de la cual no quería despertar.
Entonces le pregunté:
¿-Eres una mujer o un ángel? ¿Acaso eres la sonrisa de una de estas flores de tu jardín?
Sus labios enmudecieron unos minutos, y mirándome un tanto entristecida me dijo:
-Soy Karolina. Muchas noches contemplo tu sueño y te bendigo en mi despertar. Soy Karolina, sí, pero mi madre no me dejó nacer.
Estaba destinada a ser tu esposa. Pero nuestras vidas en este mundo jamás podrán unirse.
-No sé, Karolina, si todo esto es verdad, o es tan solo el dulce néctar de mi imaginación. Pero dime: ¿Dónde estás, donde vives, donde habitas ahora?
-Yo estoy en el cielo. En el cielo disfruto de toda alegría. Aun así la vida es el don más grande que Dios nos ha dado. Con la vida podemos aumentar nuestras virtudes, podemos brillar como estrellas conseguidos con nuestros méritos, porque todos los bautizados tienen méritos desde que son bautizados.
En cambio ya ves. Por toda una eternidad seré tan solo una estrella pequeña, muy pequeña, cuando mi destino era ser espejo que irradiara la paz, el amor y la misericordia de dios.
Me quedé contemplando aquellos ojos tan bellos, aquellos labios carmesí que parecían destilar un amor que ya jamás podría disfrutar. Y apretando con rabias mis puños le dije:
-Entonces tu madre estará en el infierno.
Y al decirlo dos lágrimas brotaron de mis ojos, que Karolina recogió con un blanquísimo pañuelo, mientras me decía:
-No. Ella no está en el infierno. Ella estará purgando sus malas obras durante mucho tiempo en un lugar de salvación que no es el cielo. Después, después también estará conmigo en el cielo. Ruega por ella.
-¿Podré verte alguna vez mas?
-Sí, podrás, pero ya nunca en este mundo.
Y dándome un beso como solo un ángel puede darlo se fue hacia un lugar para mi desconocido. Mientras con la mano me dio otro beso.
Miré ala jardín, y vi que las rosas ya eran tan solo flores marchitas y desojadas.
Entonces bajé la colina, y subí la otra, la llamada “colina verde” donde estaba mi casa.
Ya había anochecido, y a la vera del arroyo que pasa cerca de mi jardín me quedé meditando el daño irreparable que una madre puede hacer a sus hijos cuando no los deja nacer.
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