viernes, 13 de septiembre de 2013



Origen de la Sábana santa.
Aquella noche los Apóstoles estaban esparramados por los Campos de Betania y del Getsemaní. Solo las mujeres, las que siempre saben ocupar su lugar, las que están donde los hombres no se atreven. Solo ellas con la Virgen. Pero la Virgen estaba demasiado herida para hablar con nadie. Así que se encerró en uno de los aposentos del Cenáculo y no quiso salir de allí. Las otras, en el Cenáculo tenían preparados los bálsamos para acabar de embalsamarlo el primer día de la semana.

Ahora están los guardias alrededor del sepulcro. Pasa la primera noche y nada sucede. Se aburren. No es digno de Roma velar el cadáver de un judío, pero había que cumplir la orden o pagar con su propia vida.
 Pasa el día siguiente. Hace frío. Encienden una hoguera al lado del sepulcro, y mientras varios centinelas custodian, otros juegan a las tabas o duermen un rato hasta que les llega el turno del relevo.

Y se sucede la segunda noche. Tampoco pasa nada.
Pero al amanecer de ese día, cuando el sol comienza a cubrir de arrebol las montañas oyen un armónico ruido procedente de las profundidades del espacio. Es tan fuerte como harmónico y desconocido.
Los guardias se estremecen al encontrarse ante lo sobrenatural. Una esplendorosísima luz se acerca, los envuelve, y ellos caen al suelo ante el Poder Omnipotente. Ellos, pobres miserables, que habían sido puestos de guardianes de Dios.

El meteoro lleno de brillante luz desciende, da contra la losa del sepulcro, destruye sus herrajes, provoca un terremoto….Es el aleluya, la gloria angelical.
 El Espíritu de Jesús que vuelve a su cuerpo inerte. Entra en la oscuridad del sepulcro que se ilumina con esa luz desconocida, y mientras permanece suspendida en el aire, inmóvil, el espíritu vuelve a entrar  en el cuerpo sin vida bajo las fúnebres bendas

Todo esto sucede en fracciones de segundo.
El “quiero” del divino espíritu a su frío cuerpo no recibe contestación, porque el “quiero” lo dice la Esencia a la materia muerta. La carne que recibe la orden responde con un profundo respiro…No pasa más de un minuto
Bajo la Sabana y el Sudario la carne se transforma  en una eterna belleza; Despierta del sueño de la muerte, vuelve de la nada en que estaba. El corazón se despierta. Da el primer latido. Empuja en las venas la poca sangre que aun tienen, e inmediatamente crean lo que necesitan las arterias, lo que necesitan los pulmones. Lleva calor, salud, fuerza, pensamiento…

Un instante más y un movimiento repentino se sucede bajo la sábana. Mueve las manos. Se pone de pie, imponente, hermoso, con su vestidura de inmaterial materia…Despide luz de sus llagas, y el mismo Jesús es un manantial de luz. Es la inmaterial vestidura de la Divina Trinidad.

Ahora se dirige a la salida. Dos figuras luminosas están allí. Sale, deja el fúnebre sepulcro y pisa la tierra del huerto de José de Arimatea. Ese huerto que, misteriosamente no había florecido en abril, ahora al paso de Jesús abren sus corolas y todo el huerto se transforma en un gigantesco ramo de flores de variados colores.
Jesús levanta la mano y bendice.
Esta es la narración del origen de la sabana santa. Otro dia explicaré como se ha grabado el Cuerpo de Jesús en el lienzo.
C. J.

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