Origen de la Sábana santa.
Aquella noche los Apóstoles estaban esparramados por los
Campos de Betania y del Getsemaní. Solo las mujeres, las que siempre saben
ocupar su lugar, las que están donde los hombres no se atreven. Solo ellas con
la Virgen. Pero la Virgen estaba demasiado herida para hablar con nadie. Así
que se encerró en uno de los aposentos del Cenáculo y no quiso salir de allí.
Las otras, en el Cenáculo tenían preparados los bálsamos para acabar de
embalsamarlo el primer día de la semana.
Ahora están los guardias alrededor del sepulcro. Pasa la
primera noche y nada sucede. Se aburren. No es digno de Roma velar el cadáver
de un judío, pero había que cumplir la orden o pagar con su propia vida.
Pasa el día
siguiente. Hace frío. Encienden una hoguera al lado del sepulcro, y mientras
varios centinelas custodian, otros juegan a las tabas o duermen un rato hasta
que les llega el turno del relevo.
Y se sucede la segunda noche. Tampoco pasa nada.
Pero al amanecer de ese día, cuando el sol comienza a cubrir
de arrebol las montañas oyen un armónico ruido procedente de las profundidades
del espacio. Es tan fuerte como harmónico y desconocido.
Los guardias se estremecen al encontrarse ante lo
sobrenatural. Una esplendorosísima luz se acerca, los envuelve, y ellos caen al
suelo ante el Poder Omnipotente. Ellos, pobres miserables, que habían sido
puestos de guardianes de Dios.
El meteoro lleno de brillante luz desciende, da contra la
losa del sepulcro, destruye sus herrajes, provoca un terremoto….Es el aleluya,
la gloria angelical.
El Espíritu de Jesús
que vuelve a su cuerpo inerte. Entra en la oscuridad del sepulcro que se
ilumina con esa luz desconocida, y mientras permanece suspendida en el aire,
inmóvil, el espíritu vuelve a entrar en
el cuerpo sin vida bajo las fúnebres bendas
Todo esto sucede en fracciones de segundo.
El “quiero” del divino espíritu a su frío cuerpo no recibe contestación,
porque el “quiero” lo dice la Esencia a la materia muerta. La carne que recibe
la orden responde con un profundo respiro…No pasa más de un minuto
Bajo la Sabana y el Sudario la carne se transforma en una eterna belleza; Despierta del sueño de
la muerte, vuelve de la nada en que estaba. El corazón se despierta. Da el
primer latido. Empuja en las venas la poca sangre que aun tienen, e
inmediatamente crean lo que necesitan las arterias, lo que necesitan los
pulmones. Lleva calor, salud, fuerza, pensamiento…
Un instante más y un movimiento repentino se sucede bajo la
sábana. Mueve las manos. Se pone de pie, imponente, hermoso, con su vestidura
de inmaterial materia…Despide luz de sus llagas, y el mismo Jesús es un
manantial de luz. Es la inmaterial vestidura de la Divina Trinidad.
Ahora se dirige a la salida. Dos figuras luminosas están
allí. Sale, deja el fúnebre sepulcro y pisa la tierra del huerto de José de
Arimatea. Ese huerto que, misteriosamente no había florecido en abril, ahora al
paso de Jesús abren sus corolas y todo el huerto se transforma en un gigantesco
ramo de flores de variados colores.
Jesús levanta la mano y bendice.
Esta es la narración del origen de la sabana santa. Otro dia
explicaré como se ha grabado el Cuerpo de Jesús en el lienzo.
C. J.
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