domingo, 5 de mayo de 2013

LA SOLEDAD Uno de los mayores tormentos que existen en esta vida es la soledad. Los recuerdos de un pasado ayer, brotan y retornan a la mente como olas que, constantes, van y vienen a morir a la playa. La playa de la vida de una existencia ida. Al nacer nos encontramos en la compañía de nuestros padres que nos arrullan con su amor. Luego nuestros hermanos que un día y otro juegan con nosotros, nos enseñan con paciencia a pronunciar las primeras palabras, nos cuentan historietas que llevan nuestra imaginación a hermosos paraísos de hadas, donde reina siempre la alegría. Después los amigos que conocemos en los colegios, que poco a poco van entrando en nuestra amistad hasta ser como hermanos que prolongan la familia más allá de nuestro hogar. Después cuando ya somos adolescentes vamos conociendo personas que entran en nuestra vida, novias o novios, donde se despierta otro amor más sublime, más fuerte, que nos hace amar a aquella persona hasta hacerla vida de nuestra vida, como dos cuerpos en los que vive una sola alma. Ya perfeccionado ese amor formamos un hogar Dos seres que se unen en amor y felicidad. Luego Dios nos envía los hijos, que con sus risas inocentes y sus juegos vienen hacernos compañía a ese nuevo hogar. Es entonces, en el seno de esta nueva familia, antaño desconocida, donde encontramos la plenitud de la amistad. Con alegrías, y escaseces, con más o menos economía, vamos haciéndonos mayores al lado de esos seres aparecidos ahora, antes ignorados, que nos hacen participar en su vida. Luego ellos también van formando sus hogares. Y poco a poco nos dejan otra vez solos. El marido con la mujer. Desde ahora ya la vejez se acerca. Esa vejez que trae aparejados casi todos los males que se esconden en la vida: Falta de oído, de visión, de tacto, de aquellos sublimes momentos que antaño habíamos vivido. Los dolores son ya nuestros inseparables compañeros. Parece que todo el mal se nos viene encima. Pero no. Aún falta algo más. Aún falta el sufrimiento más grande, el sufrimiento de perder la pareja, porque Dios se lleva a aquella o aquel que tanto hemos amado. Y ahora, a tanto dolor hay que añadir el dolor de la soledad. En la soledad afloran los recuerdos del pasado. Afloran aquellos sentimientos que ahora están marchitos en nuestro corazón como una flor deshojada. Aquellos sentimientos de amor de un lejano ayer. Y una cortina de lágrimas se derrama por dentro de nuestro ser. Una cortina que envuelve en penumbra todo el futuro y el presente. Y aunque una lágrima salobre que todo lo acibara ruede por nuestras mejillas no es capaz de arrojar todo el amargor que nos brinda una soledad que se cierne sobre nosotros como una agonía que no nos deja vivir ni morir. Así, en la ancianidad, en la soledad, en el dolor y el desprecio de todos aquellos que les hemos dado nuestra amistad, y ahora pasan delante de nosotros y no nos reconocen….así va acabando la vida que vamos arrastrando. La soledad, ese dolor que es un torbellino de dolores, y que uno debe vivir en medio de tanta gente, porque la mente turbada se siente sola, porque los ojos sin vista nos dejan en la oscuridad, porque los oídos sin sonidos nos alejan de todo. ¿De qué nos sirve una sonrisa si no la vemos? ¿De qué nos sirve un consuelo si no lo percibimos? Esa soledad, la que también Jesús ha padecido en la Cruz, y que le hizo decir: “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado? ¿Y Tú mamá, también me has dejado solo? ¿Qué mal he hecho para encontrarme así? Este es el fin de cualquier vida, este es el dolor que nos brinda el cáliz lleno de amargor. Y de él todos beberemos Cuando estamos jóvenes no pensamos esto. Pero los años pasan. Pasan sin cesar, pasan en rápido vuelo... Y aquello que hoy se nos antoja lejos, muy lejos, también llegará.

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