domingo, 12 de octubre de 2014



ºLUZ DE LUNA
En una de esas tardes maravillosas, cuando el crepúsculo vespertino está cerca y el sol rompe sus rayos de irisados colores en un cambiante iris sobre el mar del Sur, salió a pasear un joven por la bahía de Calasalions junto a su novia.
De pronto observan un barco pequeño de remos donde podrían caber seis personas, que se acerca a la playa entre vaivenes extraños.

Se acercan a la orilla, mientras el barco  sobre una enorme ola queda varado en la arena.
Ya la noche se cernía con su manto sobre la playa. Ni una sola persona que se pudiera ver.
No se oía nada. Solo el llanto de un niño como solicitando socorro.
Entran y ven que no hay nadie…El llanto continuaba. Buscan y encuentran una linda niña de  casi un año que al verlos se lanzó al cuello de Karina, que así se llamaba la muchacha.

Nadie más. Era la única tripulante de aquel barco fantasma.
-¿Qué haremos con ella? ¿Entregarla a la Policía? Sería lo correcto, pero no lo mejor.
-¿y si nos la quedásemos? Dentro de un mes nos casamos. Podríamos prohijarla.
-No sabemos las consecuencias. Pero ahora volvamos a casa y démosle de comer.

Aquella noche se quedó en casa de Karina, y así varias noches. Los telediarios no hablaban  nada de este suceso.

Fueron pasando los días, los meses….y la niña iba creciendo, hermosa y simpática en la casa de Carina y Carlos.
Sus ojos de un bello color aceituna, su cabello castaño-rubio, su sonrisa y sus juegos atraían a todos los vecinos que nunca preguntaban nada, porque Karina tenía muchos hermanos y podría ser una sobrinita.

Cuando ya contaba dos años la bautizaron con el nombre de  Luz de Luna.
Luz de luna tenía sus amiguitos en el jardín que eran los pajaritos que venían cada mañana en busca de granitos y migajas que ella les daba. Sus cantos y sus trinares le entusiasmaban. Los pajaritos lo sabían, pues cuando tenían su buche lleno se posaban sobre las ramas del naranjo o del manzano a entonar dulces trinos.

Carlos tenía un acordeon  del cual arrancaba bonitas notas. También Luz de Luna aprendió a tocarlo, y cuando cumplió tres años su papá le compro uno  de juguete.

Pronto aprendió a montar a caballo haciendo carreras con otros niños de su edad. A los cinco años era la reina de todos los niños y niñas que venían a jugar a su jardín.
Carlos estaba encantado de la alegría que Luz de Luna derramaba a todas horas en todas partes.

Otros niños venían a buscarla para pasear por la Bahía, o para hacer excursiones hasta la vecina montaña, donde pasaba el tren por un horadado túnel llenando de humo la colina como la boca de un dragón.

No muy lejos, en la serranía, estaba la casa de los abuelos a donde Carlos y Karina llevaban a Luz de Luna para que sus viejos padres pudieran disfrutar de la belleza y alegría que les brindaba  la encantadora nietecita.
La abuela Carmen la colmaba de besos y luego alzaba hasta un armario a la pequeña para que cogiese cuantos dulces y golosinas quisiera.
Carmen era la abuelita preferida, pero también las rodillas del abuelo Pedro hacían de silla mientras comía sus chuchearías.

Un día acercándose al abuelo y bajándole la cabeza, pues era muy alto, le dice:
-Abuelo. ¿Por qué no me llevas a pescar al río contigo?
-Mañana te prometo que vendrás.

Aquella noche Luz de Luna despertó varias veces. Esperaba ver rayar el día para lanzar el anzuelo sobre el río Guanaquí para que viniesen a comer la ficticia mosca.
Llegó por fin el alba. El abuelo ya tenía las botas puestas. Tomando a la niña de la mano, cargada con su macuto se fueron hasta el río.
Una y otra vez lanzó el anzuelo, pero como no picaban quiso cambiarlo por el del abuelo.

Cuando por fin vio prendido en el hilo una trucha saltaba de alegría.
Después de comer a la sombra de corpulentos árboles se fueron hasta el pueblecito, llenos de alegría.

Papá Carlos salió recibir a los pescadores, mientras Luz de Luna explicaba como la trucha había sido engañada.
Desde la casita de la serranía se divisaba un pueblo  en otra montaña. Sus casitas blancas atraían la mirada de Luz de Luna.

A los pocos días el abuelo la llevó hasta ese lugar. Quedó prendada de los dulces remansos de aguas claras donde mojaban su plumaje las palomas, de los molinos movidos por agua para moler aceitunas, de los pajaritos que cantaban escondidos  entre las ramas del río, de los sencillos amiguitos de Grazalema que venían a saludarla, tímidos, con una mirada candorosa como pidiéndole que jugara con ellos. Y sobre todo estaba admirada de los racimos de cerezas rojas que unos y otros le entregaban diciéndole
-Estas son de mis cerezos…Y estas de mi huerto.

Poco a poco la niña iba creciendo. Llegó el día de su Primera Comunión. Las catequistas la  habían preparado muy bien. Sabia todas las oraciones, los Mandamientos….todo, porque tenía una memoria privilegiada.
Los abuelos le había regalado unos hermosos pendientes, una cruz y cadena, una pulsera…Sus papás la habían vestido tan bonita que parecía una azucena en su candor, o quizás un lirio blanco con su corona y su ramo de flores.

Cuando llegó su turno de comulgar, cogió ese ramo y se lo dio al sacerdote diciendo:
-Toma, dáselo a Jesús de mi parte.
El sacerdote le dio un beso y posó el ramo sobre el altar.

Al año siguiente, cuando la niña cumplía doce años, su padre tenía que asistir a una fiesta que daban en la Corte para festejar los quince años del príncipe.
La niña pidió a su papa que la llevase con él. Cuando llegaron debían separarse, porque los niños no podían estar con los mayores. Así pues quedó bajo el cuidado de una joven.
Los niños jugaban sin cansarse, pero al final los venció la fatiga y se sentaron en un patio grande.

Una señora había reparado en la belleza de Luz de luna, y a cada instante le preguntaba cosas, que a veces no sabia responder:
-De donde eres, ¿Quiénes son tus papás? ¿Dónde viven? ¿Cómo se llama tu mamá? ¿Dónde has nacido…te lo han dicho tus padres?

Luz de Luna se hizo pronto amiga de esta señora, tan gentil, tan bella, con una dulce cadencia en su hablar que tomándola de la mano se fue con ella.
Esta Señora era la Reina de Transis. Tiempo atrás  había perdido a  su hermano y a su hija en una emboscada en tierras africanas. Esta niña se parecía tanto a ella que hasta el lunar  que tenia en la barbilla lo reproducía Luz de Luna.
Después del banquete, cuando ya se marchaban, esta Reina se acerca a Carlos, el padre de la niña, y le ruega que le diga si tiene algún parentesco con su familia real.
Entonces Carlos le cuenta toda la historia de la niña.

Después de las pruebas necesarias….Luz de Luna…era una princesita.
No por eso la Reina exigió a su hija, sino que por el bien de todos se llegó a un acuerdo que Luz de Luna debía seguir con sus padres adoptivos y ella podría visitarla cuando pusiese.

La Princesa Luz de Luna se transformó pronto en una joven de inusitada belleza. De sus padres  naturales la gentileza, De sus padres adoptivos la sencillez, la convertían en una dama de grandes cualidades.

Tuvo muchos pretendientes, incluyendo principes de lejanas dinastías.
Un dia conoció a un joven de su edad, un joven labrador que vivia cerca de la casita de sus abuelos. Se enamoraron  y después de un año se casaron
Allí,  vivió feliz con su esposo y sus dos hijos, una niña y un niño.

Hace un año pasé cerca de la casita de Luz de Luna. Al verme me saludó y me invitó a comer. Allí estuve hasta el anochecer que debia regresar a Barcelona, por que yo era aquel niño que le habia llevado un racimo de cerezas cuando visitó por primera vez la casita de su abuelo.






No hay comentarios:

Publicar un comentario