AMOR AL PROJIMO
¿Cuál es el verdadero amor al prójimo?
Hay que distinguir, porque el amor al prójimo tiene varias categorías.
El primer prójimo del casado es su propia mujer y sus hijos.
Otro amor es el filial o el fraternal. Y luego el amor universal.
A todos hay que amarlos como si fuesen parte de nosotros mismos. Cada uno ama a su cuerpo, enfermo, sano, sentenciado a muerte, o bien, feo o hermoso…Siempre amamos a nuestro cuerpo porque es el compañero inseparable de nuestra alma mientras estemos en este mundo.
Los demás merecen de nosotros un amor semejante al que nos tenemos a nosotros mismos. Aunque en un momento de defensa entonces debemos defendernos del que nos quiere quitar la vida aunque sea a costa de la vida de él para defender la muestra.
Es porque delante de Dios lo mismo vale mi vida que la de aquel que desea y lucha por sacarme la mía.
El amor muchas veces es sensual. El esposo y la esposa pueden amarse también con este amor siempre que no falte el otro amor.
Los demás no deben ser amados con amor sensual.
El amor sensual suele sentirse cuando la persona a la que amamos tiene un rostro agradable. O es muy inteligente…Este amor lleva a la fantasía y al apetito culpable. Hay que evitarlo. Mejor evitarlo y poner remedio, porque es muy difícil de desterrarlo. No es amor verdadero.
Este amor parece muy inocente. Luego se va transformando cual terrible veneno. Es el comienzo de muchos males. Habría que frenarlo, porque darse cuenta de cómo avanza es querer ser cuerdo en medio de la locura.
El amor al prójimo incluye a las personas vivas. También aquellos que ya han muerto y todos los que se supone que están en el cielo.
Los condenados y los demonios no son nuestro prójimo. Por lo tanto ni hay que orar por ellos ni amarlos.
Pero como no se sabe de nadie que se haya condenado, por eso es bien orar por los difuntos. Y como no sabemos que difuntos, pues por los que están en el Purgatorio.
Los que están en el cielo ya no hay que rogar por ellos, pues nada ni nadie pueden aumentarles la gloria. Ellos han hecho su gloria eterna en esta vida. Y ya nadie podrá aumentársela ni sacársela.
También son nuestros prójimos los infieles, los pecadores y los miembros de todas las religiones o sectas. Todos son nuestros prójimos porque todos somos hijos adoptivos del mismo Padre, que es Dios. Todos estamos en el mismo sendero de salvación. Y tal vez aquellos que hoy están en una religión equivocada necesiten más de nuestras oraciones que los que pertenecen a la Religión Católica.
Es natural y bueno que se amen más a los de nuestra patria, de nuestro pueblo, de nuestra familia, y aquellos que son nuestros amigos. Eso es natural y bueno, porque ellos están unidos a nosotros, no solo por la caridad, sino por santos lazos y también algunos por nuestra sangre.
Nosotros siempre debemos tener una disculpa en la verdad para amar más a unos que a otros. Pensemos que el mismo Dios no ha condenado a Adán antes de escucharlo. Y luego de escucharlo vio que estaba arrepentido, y en vez de fulminarlo lo ha perdonado. Nosotros debemos tener siempre una disculpa, como las antedichas para amar más a unos que a otros.
El amor se muestra en obras. De lo contrario si pudiendo no ayudas es que no amas. Piensa que el rio es río porque sus aguas circulan. El amor va de ti hacia otros, y con el amor la ayuda en sus necesidades.
No se pueden atribuir siniestras intenciones a los actos que haga. No sabemos las causas. Tal vez un ladrón te robe un pan que no le has querido dar, porque un hijo se está muriendo de hambre.
Tú perdona o denuncia a la justicia, pero la única y verdadera justicia es la que emana de Dios.
Cuando estés muy enfadado no juzgues. Espera un rato. Espera, porque dentro de un rato que se te pase el enfado tal vez juzgarás muy diferente.
Recuerdo que un día jugando con una azada le di un terrible golpe en la cara a mi hermano. Mi hermano se tambaleó, se cayó. Me miró, y cuando pudo hablar me dijo:
-Anda, sigue jugando, que no ha sido apropósito.
Y seguimos jugando al mismo juego.
A veces juzgamos mal.
Los JUICIOS TEMERARIOS de marras.
El animal no juzga. Los ángeles no juzgan. Pero el hombre tiene tendencia a juzgar, a veces equivocadamente.
Es casi imposible que un Cristiano juzgue a otros cometiendo y emitiendo juicios temerarios.
Es decir, condenar al prójimo con certeza. Sin justo motivo.
Por lo regular son sospechas o temores, para lo cual basta un delito leve.
Es lícita la sospecha cuando tiene por fin una lícita cautela, como los padres sobre los hijos. Cuando ven en sus juegos un peligro del cual pueden cometer delitos, entonces debe juzgarlos para apartarlos de un mal posible que ellos no ven. Así sospechando que puedan caer evita el pecado o la culpa. La vigilancia es obligatoria a la autoridad paterna y superiores.
Hay males posibles. Hay males reales. Sospechar un mal posible no es culpa. Por ejemplo: si ves que se acerca uno con una pistola, no pecas si sospechas que puede matarte, y que se acerca con esa intención. Y haces bien poniéndote a salvo. Nada de esto es pecado, porque sospechas algo que puede ser cierto.
No hay que confundir el temor con la sospecha.
El TEMOR es un algo que está dentro de nosotros, y no depende de nuestra voluntad. En cambio la sospecha es un acto voluntario de nuestro entendimiento... Es decir, sospechas porque quieres.
La sospecha nace de un temperamento aprensivo, tímido, melancólico… Y no hay nunca culpa cuando no hay intervención del entendimiento, y de la voluntad que lo aprueba. Que aprueba una sospecha infundada. El entendimiento y la voluntad juegan, pues, un papel importante. Y entendimiento y voluntad están sometidas a nuestro criterio.
El mal que no es conocido ni voluntario no es mal, aunque tenga todas las apariencias del mal. Es necesario que conozcas que estás obrando un juicio temerario falso. Y entonces debes de dejar de creer que tal cosa la hizo con malicia, pues cualquier acción se puede ver bajo tres puntos diferentes. El uno: “tal vez
El otro: No pongo mi mano en el fuego, por si acaso...
El tercero: Sí, es así como lo digo yo aunque no tengo razones para creerlo así.” En este último caso es un juicio muy temerario. Creer a pies juntillas algo que tal vez no es así.
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