domingo, 21 de abril de 2013



DIALOGO PREMATRIMONIAL
Vosotros vais a formar vuestra pareja. La pareja, como sabéis, es la suma de tres elementos básicos: La mujer, el hombre y la pareja convivencia. Y esto está en constante evolución.

Sois, pues muy diferentes. Y os vais a unir  en un solo ser. Es decir, que el uno tiene que buscar la felicidad del otro. Y esto no es fácil.
Es necesario tener en cuenta siempre al otro. Si no es así no os vais a identificar.
El uno con el otro debe tener una transparencia absoluta..

 En la pareja hay muchas cosas pequeñas, negativas, que poco a poco van minando la felicidad. Por eso debéis saber escucharos y perdonaros mutuamente. Los casados se vuelven más exigentes y posesivos. Esto a veces contribuye a los celos. Y los celos es algo muy malo. Es lo más negativo del matrimonio, y la causa de muchas desavenencias.
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Es necesario aprender a dialogar. Es necesario que os escuchéis, es necesario que exterioricéis vuestro amor, y que el amaros sea cada vez un modo en vuestra vida.
¿Conflictos?. Nunca os faltarán. Pero hay que saber callar a tiempo, y si uno se enfada, con razón o sin ella, el otro debe permanecer en la paz, para luego poder trasmitirla, y volver hacer las paces.. Los conflictos se ponen sobre la mesa, se comparten entre los dos, como otras muchas cosas que hay que compartir.

Amor no es esa emotividad que siente el uno por el otro. Eso sería bueno, pero no depende de nosotros. Amar es estar el uno al servicio del otro en todas sus necesidades. A veces con una palabra de consuelo, con un abrazo, un beso, una caricia, un disimular una riña…

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Nada hay de malo en la mujer, ni  en su sexualidad. Nada hay de malo en el hombre ni en su sexualidad. Antiguamente se veía a la mujer como una excitación al pecado carnal. Y eso es un error.
Tanto el hombre como la mujer están llamados a vivir su sexualidad en el amor a Dios, a su pareja y a sus hijos.

Veamos ahora como se debe vivir la sexualidad en la pareja
Tanto la mujer como el marido deben vivir su afectividad sexual y sensitiva dentro del matrimonio con un amor fecundo y recíproco. Uno es el complemento del otro. Y esto está querido por Dios entre el marido y la mujer. Es, por decirlo de otra manera, el, premio, el incentivo, la cooperación para que el espíritu y el cuerpo se regocijen dentro de ese amor conyugal, abierto siempre a una nueva vida.

No deja de ser la sexualidad en el matrimonio el, lenguaje del amor. Ese amor que, además de familiar, es social y humano. Es Social, en cuanto toda la población mundial gira alrededor del amor, de la célula de amor entre el marido y la esposa.
La sexualidad marca el amor de la pareja en su globalidad. Esto no significa que no se pueda amar sin sentir pasión por el sexo. ¡Claro que sí!. Lo que quiero decir es que uno debe pensar en la satisfacción del otro, y a veces la satisfacción del otro es algo muy superior al sexo. Debéis saber comprenderos siempre. Y que esto no sea causa de malos entendidos.

Sucede que a veces no se siente esa necesidad por parte de uno de los dos. Y es entonces cuando el otro debe saber comprender, y no pensar que el motivo es la falta del amor.
El amor sexual de lo cual os he hablado es algo muy bueno, y también esa atracción entre vosotros. Pero es más sublime, más firme y verdadero otro amor que sale del alma, y que se ama solamente con el espíritu.

No obstante, al no pensar siempre de la misma manera, se impone el diálogo, la comprensión y un amor más fuerte, mas abierto. Es el quererse el uno hacia el otro por ser quien es, respetando su feminidad y su masculinidad.
Los casados que se dan, que se reciben en todos los ámbitos de la vida, y también en lo sexual viven el amor evangélico. Es decir, el amor querido por Dios.

El amor de la pareja, su entrega y donación, está llamada a abrirse a  una nueva vida. Es decir, a los hijos. Ellos son el fruto natural del matrimonio al igual que la fruta es la finalidad de un árbol.

Es necesario promover el amor y el respeto a una nueva vida. La misión procreadora del matrimonio conlleva una grandeza inmensa, un gozar de la fecundidad, y una dignidad humana que nada le puede igualar. Es cooperar con el mismo Dios para poblar el cielo de criaturas que vivan en una eterna e inmensa felicidad.

 Vuestros hijos, serán pronto  los jóvenes del mañana, los que tengan que asistirnos en todas nuestras necesidades, y poseedores de un amor inmenso como ahora os profesáis vosotros.

Os casáis para ser padres. Ser padres conlleva la noble y pesada carga de una responsabilidad. Debéis educar a los hijos que os sean confiados por Dios. Debéis darles una básica educación, esa educación que ellos puedan asimilar ya desde muy pequeños. Es decir, que crezcan arrullados en vuestro amor. Para eso es necesario que en vuestro hogar y haya paz, tranquilidad, amor y lo necesario para las limitaciones humanas. Es decir, trabajo digno y responsabilidad subjetiva en él.

El primer hijo hace resplandecer el hogar, lo hace mas digno, os eleva a padres. Pero viene después el segundo, el tercero y tal vez más. Entonces comenzáis a plantearos el dilema de lo que hacer ante un hijo no deseado.
La paternidad ha de ser responsable.. No se deben traer hijos sin una responsabilidad.
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Para retrasar la llegada de otro hijo hay medios naturales. Esos medios son eficaces si los sabéis usar. Se basa en la abstinencia durante una semana aproximadamente, que esto es bueno para la pareja y para la salud.
A veces esto trae conflictos, por una parte la necesidad de evitar otro hijo, `por otra parte la necesidad de la intimidad matrimonial./
Es por eso que os digo que echéis mano a los medios naturales para evitar los hijos que en ciertos momentos no se desean, o porque no se puede económicamente, o porque existe alguna enfermedad

Pero a veces sucede que el médico predice que el niño que va a nacer va a ser un desminuido físico o síquico. Y parece que lo primero que se plantea es un aborto.
Yo, por mi parte, no os aconsejo esto. Mejor es que dialoguéis entre la pareja, y se busque la manera de aceptar esa nueva vida.. Toda vida humana tiene un carácter sagrado, que no pertenece al hombre interrumpirla, sino aceptarla.

Luego a los hijos tenéis que acogerlos tal como son, con sus inclinaciones buenas o malas. A vosotros competa la total autoridad de educar a vuestros hijos. Sois vosotros los responsables de esa educación. Sois la célula social. Nadie puede imponeros una educación a la que vosotros no deseáis aceptar. Ningún GOBIERNO del mundo puede ponerse en lugar de los padres.

Pero para eso es necesario que primero seáis educados vosotros. Que tengáis una formación social sicológica, moral, ética y religiosa, porque vosotros, al igual que vuestros hijos, no sois solo carne, sino que sois espíritu, sois almas, cuyo fin inmediato, al dejar la vida, es la felicidad plena en la bienaventuranza eterna.

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