lunes, 22 de abril de 2013



LA PARABOLA D LA OVEJA PERDIDA
Jesús Está de pie hablando a la orilla de un pequeño río que suena en la tarde al pasar.
La gente está esparcida por el campo en grandes grupos. La luna comienza a salir, es un dulce atardecer de verano. Un rebaño de ovejas regresa a su redil en medio del cual va su pastor. Parece que Jesús haya tomado como base de su palabra a este rebaño, y mientras se van alejando con su repiniqueo, entre el cric cric del canto de los grillos comienza a decir:

“Vuestro Padre Dios es el Pastor solicito, el que busca buenos pastos para sus ovejas, el que desea separarlas de las hierbas venenosas, o de víboras que surjan de entre los pastos. Las cura si están enfermas, las cuida si están heridas, Esto hace el buen Padre que está en el cielo con sus hijos que andan  errantes por la tierra.
Su amor es la vara que los reúne, su voz es el guía, los pastizales su Ley, su redil el cielo.

Vez ahí que una oveja lo abandona. ¡Cuánto la amaba! Era joven, limpia candida, su lana como un jirón de nubecilla en el cielo azul. El pastor la mimaba con ternura.

Había pasado por el camino que rodeaba el redil un tentador. No viste la casaca austera, sino un vestido de miles de colores. En su cintura luce un puñal de oro. Lleva cascabeles de plata y oro que suenan muy bien al andar. Deja a su paso un perfume que embriaga. En vez de bastón lleva este pastor un incensario de piedras preciosas, de donde sale una mezcla de hediondez y perfume que aturde y emboba con su falso olor.

Va cantando preciosas canciones mientras deja caer de sus manos algo parecido a la sal, pero no es sal, es veneno
Hay noventa y nueve ovejas porque la más buena, la más hermosa da un salto y desaparece detrás del  falso pastor tentador.

El buen pastor la llama, pero ella no obedece, no entiende; se va tras el falso y para tener fuerzas come de aquella sal que la embriaga más y más, hasta que tiene necesidad de aguas verdes que hay en la selva, porque la invade un delirio extraño.

Se va tras el tentador, sube baja colinas y montañas, siente en su cuello  el contacto viscoso de reptiles, siente una sed desconocida, y al querer comer muerde hierbas verdes   entre carroñas que destrozan su ser.

Entre tanto ¿qué hace el Buen Pastor? Deja en el redil las noventa y nueve, y se pone en camino siguiendo las huellas de la que se fue.
La sigue, va tras sus  pasos. Por fin  desde el alto de un monte la ve allá en la lejanía. La llama, pero la oveja se burla de él,
 Se acerca, la vuelve a mirar, pero ella no quiere escuchar la voz de quien la ama y se va tras el que la engaña.

El Pastor no se cansa, sigue tras ella, que va dejando vellones de lana, vellones de alma, sangre de heridas….sigue hasta encontrarla nuevamente. De nuevo la alcanza.

¡Te he encontrado, amada mía! ¡Te he alcanzado! Cuanto he caminado por ti para llevarte de nuevo al redil. No bajes la frente envilecida. Tu pecado está sepultado en mi corazón. Tu pecado está perdonado. Nadie, fuera de mí que te amo, lo conocerá. Te defenderé de las críticas de tus compañeras. Te cubriré y defenderé contra las piedras de tus acusadores. ¡Ven!. ¿Estas herida? Muéstrame tus heridas. Las conozco, pero quiero que me las muestres con la confianza de cuando eras pura y candorosa, porque yo soy tu Pastor y Dios... Ahí están tus heridas, severas y profundas. El tentador, tras el cual te has ido, te envenenó. Ahora estás afligida en el fondo de tu corazón. Tu lana está deshecha, tiene rasgones, tiene sangre. ¡Pobre pequeña alma engañada!
Dime ¿si yo te perdono me amarás? ¿Si te tiendo mis brazos volverás a ellos? ¿Tienes sed de amor bueno? Entonces vuelve a mis brazos. Renace a mi amor. Regresa a los saludables pastizales santos.

¿Lloras? Tu llanto y el mío te purificarán.
Yo te daré de mi Sangre para reparar la que has perdido. Quiero que te alimentes y vivas.
Ven para llevarte en mis brazos. Quiero que olvides esta hora de desesperanza. Yo, tu Dios, te cuidaré. También las otras ovejitas  olvidarán tu culpa.


Así trata Dios al alma que se aleja y después vuelve al buen camino, porque os aseguro que en el cielo hay más fiesta por la ovejita que regresa que por las otras que siempre estuvieron gozando de  la gracia y el amor de Dios.
No temáis en volver a Dios, porque Dios os ama, os busca, os quiere dar la felicidad eterna.

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