martes, 30 de abril de 2013
ASCENSION DE JESUS
Ya han pasado muchos días desde que Jesús resucitó. Él había dicho a sus amigos que subiría al cielo.
A penas la aurora en el oriente va bruñendo de luz este nuevo día cuando Jesús está paseando con su Madre cerca de la colina del Getsemaní.
El sol asoma en el horizonte. Se oye la voz de los Apóstoles que van hacia la colina. Jesús besa a su Madre. Es el beso del último día que estará en este mundo. Maria llora, porque una despedida siempre es triste. Abraza a su Hijo y también lo besa. Luego se arrodilla a sus pies y Él le da la bendición.
La gente está arremolinada por todas partes, Son cientos y miles.
Los caminos entre Betania y Jerusalén están llenos de gente. Las colinas del Getsemaní es un hervidero de personas, mujeres, hombres, niños…Todos saben que Jesús ha anunciado su ida al cielo. Todos creen en Él, porque sus hechos y sus milagros son propios de Dios, todos quieren verlo subir a su gloria.
Se va el Amigo bueno que siempre los ha amado. Se va el que se compadecía del pecador, del enfermo, del que acudía a Él ; se va el que siempre perdonaba y consolaba Ya no lo volverán a ver. Muchos lo han visto resucitado. Hoy pueden verlo todos los que quieran acercarse. Nadie quiere dejar de verlo. Todos van y vienen para poderlo contemplar.
Maria acompaña a Jesús hasta la casita del Molino. Luego se retira y se va con las otras parientes y amigas. Ahora Jesús dice a sus Apóstoles.
-Venid, una vez más quiero compartir el pan con vosotros.
Sobre la mesa hay pan, aceitunas, una jarrita de vino y otra de agua. Jesús ofrece y distribuye. Acaban de comer. Jesús abre las manos y con un gesto habitual en Él dice.
-Ved pues que ha llegado el momento de dejaros para regresar a mi Padre y vuestro. Preparaos para la venida del Espiritu Santo, que os será necesario para vuestra misión... Cuando os persigan dejad esta ciudad, e iros a otra parte, porque mi iglesia no debe perecer... Os aseguro que ni siquiera el infierno podrá vencerla. Pero no tentéis al cielo esperándolo todo.
Ahora mi iglesia es solo un germen, pero cuando llegue el tiempo crecerá y se extenderá por toda la tierra. Esto sucederá después. El Espíritu de Dios os guiará y sabréis lo que tengáis que hacer...
Tratad de ser puros como conviene a todos los que se acercan al altar de Dios. Los planes del Señor son sublimes, y para recibirlos es necesario prepararse con una voluntad heroica.
Sumergíos en el abismo de la contemplación. El Reino de Dios es el amor. Debéis tener siempre en vosotros el puro amor de Dios. Sed Templos del Espiritu Santo para que habite en vosotros. Predicad el Evangelio a toda criatura, enseñando todo lo que os he dicho.
Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin de los tiempos. Estad. tranquilos sabiendo que Yo estaré pronto a ayudaros a llevar vuestra cruz.
Cuando os vean torturados, necesitados enfermos os dirán :¿“así os ama vuestro Dios”? Vosotros contestadles: “ El dolor no procede de Dios. Lo permite para nuestro bien. La muerte y el dolor entraron en el mundo por envidia del demonio.
Yo seré vuestra recompensa inimaginable. Pedid ayuda y se os dará.
Un poco retiradas están su Madre y Maria de Cleofás. No se atreven a acercarse por la majestad que despide. Jesús las llama y ellas se acercan.
Jesús bendice, bendice a las gentes, a los árboles..y su voz se va esparciendo cual olas sublimes por el inmenso mar de cabezas que están por la colina y los caminos..
Jesús está de pies sobre una piedra que sobresale de entre la verde hierba. El sol que brilla en su cenit al caer ahora sobre Jesús hace resplandecer sus vestiduras, sus ojos azules miran aquel mar de gente, su manto ondea con brisa que sopla.
Abre sus brazos en señal de abrazo. Parece como si quisiera abrazar a esa enorme masa de gente, como si quisiera abrazar a todas las gentes de todo el mundo y de todos los tiempos. Con una voz que no puede jamás olvidarse da su última orden:
-“Id, id en mi nombre a evangelizar los pueblos de todo el mundo. Dios estará con vosotros. Su amor os consolará, su luz os guará, su paz estará en vosotros hasta la vida eterna.
Ahora se transforma en hermosura. Bello, mucho más bello que en el Tabor. Todos caen de rodillas adorándolo. Aquella inmensa multitud de gente está ahora en silencio delante de su Dios en adoración al Hijo de Dios. Se va elevando de la tierra. Todos clavan en Él su mirada. Jesús busca el rostro de su Madre, y la sonrisa que le brinda es tal que no se puede imaginar. Fue su adiós postrero a su Madre. Sube, sube bendiciendo, lleno de hermosura, auroleado de bellísima y desconocida luz. Ni una nube en el azul infinito. El sol puede besar tanta belleza, porque ahora Jesús es un mar de luz
Su cuerpo santísimo va al cielo. Es el primer cuerpo que entra en la gloria. Aun se pueden ver sus llagas resplandeciendo cual rubíes. Son como las cicatrices que muestra con orgullo, cual soldado que las recibe en su batalla para convertirlas en su gloria. Otra luz que baja del cielo en busca de la que sube de la tierra. Y Jesucristo, el Hijo de Dios desaparece de la mirada de los hombres en este océano de resplandor.
Una voz sale del profundo silencio, que dice ¡¡Jesús!! Es su Madre cual despedida maternal.
Todos están mudos en medio de un solemne silencio mirando al cielo. Nadie habla, nadie aparta su vista del cielo.
Dos figuras envueltas en luz bajan, se posan muy cerca de este lugar, y con voz potente que todos pueden oír dice:
- Varones de galilea, y vosotros aquí reunidos ¿Que hacéis mirando al cielo? Este Jesús que habéis visto subir a su gloria volverá un día con esta misma majestad a juzgar a vivos y muertos... Ahora podéis iros a vuestros hogares.
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