lunes, 24 de noviembre de 2014

En Barcelona en aquellos años por las noches si mirabas al cielo podías contemplar un inmenso campo sideral tachonado de estrellas.
Y si estabas paseando por la bahía, o al lado de alguna fuente, donde sus aguas mansas parecían dormir en suave reposo podías ver a cientos de luceros reflejarse puras en el agua.
Fueron pasando los años, y el cielo borró de su seno virginal tanta belleza. Tanto es así que cuando hace pocos años compré en Cadiz una cassita cerca del mar, pasaba las noches contemplando tantos luceros desde la ventana hasta que me dormia para despertarme luego entre la acariciadora y juguetona sombra de los árboles del jardín.
¡Tanto era mi anhelo de volver a ver los luceros de la noche! 

 Y eso sucede en las grandes ciudades, mientras en esas pequeñas poblaciones no existen las prisas, no existe la ansiedad. Y es normal ver saludar al conductor de un coche que sube al conductor del coche que baja, mientras los que van detrás esperan tranquilos, porque estos pueblos, aunque con más de cien mil habitantes, aun forman parte del Paraíso Terrenal que el hombre está empeñado en destrozar.

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