En Barcelona en aquellos años por las noches si mirabas al cielo podías
contemplar un inmenso campo sideral tachonado de estrellas.
Y si estabas
paseando por la bahía, o al lado de alguna fuente, donde sus aguas
mansas parecían dormir en suave reposo podías ver a cientos de luceros
reflejarse puras en el agua.
Fueron pasando los años, y el cielo borró
de su seno virginal tanta belleza. Tanto es así que cuando hace pocos
años compré en Cadiz una cassita cerca del mar, pasaba
las noches contemplando tantos luceros desde la ventana hasta que me
dormia para despertarme luego entre la acariciadora y juguetona sombra
de los árboles del jardín.
¡Tanto era mi anhelo de volver a ver los luceros de la noche!
Y eso sucede en las grandes ciudades,
mientras en esas pequeñas poblaciones no existen las prisas, no existe
la ansiedad. Y es normal ver saludar al conductor de un coche que sube
al conductor del coche que baja, mientras los que van detrás esperan
tranquilos, porque estos pueblos, aunque con más de cien mil habitantes,
aun forman parte del Paraíso Terrenal que el hombre está empeñado en
destrozar.
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