lunes, 24 de noviembre de 2014



CUENTO PARADORMIR LOS NIÑOS. (“ellos se taparán la cabeza, y oyendo el cuento se dormirán”)

Había una vieja casa que estaba cerca de un camino transitado por los que iban a buscar agua a la fuente.
La fuente estaba a las afueras de la ciudad. Era una fuente que manaba de entre unas rocas todos los días del año.
El agua fresca y cristalina invitaba a beber a los labriegos y campesinos que debían cuidar sus fincas y viñedos. Por eso junto a la fuente había algunos asientos de piedra ya desgastados por los años.

La casa vieja parecía abandonada. Tan solo el alba le enviaba los primeros resplandores del sol que penetraban en su interior por sus grandes y vetustas ventanas de cristales verdosos encuadrados en carcomidas maderas.

Junto a esta casa había un huerto que en algún tiempo debió ser un jardín, pues algunas primaveras, cuando los árboles se cubren de hojas y flores, también brotaban silvestres rosales de troncos retorcidos cuyas rosas daban un exquisito aroma.

Los niños no queríamos jugar en esa era, pues contaban las abuelas que por las noches se asomaba por las ventanas la silueta de un fantasma. El Fantasma de Rebeca.
Allí había habitado en la soledad de ese caserío. Odiaba a los niños y si alguno se asomaba lo arañaba con sus tremendas uñas parecidas a las garras de un lobo.

Así pasaban los días sin que nadie osase entrar en esa vieja casa. Así pasaban los años...
Un día nos juntamos varios niños con el ánimo de entrar para ver el Fantasma de Rebeca.

Era una de esas noches de insomnio, cuando los mosquitos no dejan dormir porque tañen sus siniestros violines del río a las casas, de las eras a las habitaciones.

Aquella noche era la escogida por nosotros para entrar en esa siniestra mansión. Lo habíamos planeado en el cementerio de la aldea una noche oscura, a la luz de los fosforescentes sepulcros que desvelaban nuestras siluetas apoyados en las blancas lápidas donde estaban los muertos.

Llevábamos linternas y algunas herramientas para defendernos en caso que Rebeca nos arañase.
Forzamos la puerta a empujones. Por fin logramos abrirla. Un olor a humedad y frío llegó hasta nuestras narices. Seguimos avanzando hasta que una enorme araña se dejó desprender del techo meciendose ante nosotros como prohibiéndonos pasar, como la única dueña del lugar.

Después de romper otras telarañas de gran consistencia llegamos hasta una habitación que estaba cerrada. Empujamos con fuerza. Chirriaron los goznes y al abrirse nos encontramos con una bandada de murciélagos que revoloteaban siniestros a nuestro alrededor. Los enfocamos con nuestras linternas y fueron despareciendo. Ahora debíamos pasar a otras estancias cuyas puertas estaban tan bien cerradas que tuvimos que palanquearlas para entrar.

Delante de nosotros apareció un antiquísimo piano de cola, aun semi abierto, con el diapasón junto a un viejo libro de música difícil de interpretar.
Carlos se sentó en un taburete y arrancó unas notas al piano Después sus teclas se negaron a ser pulsadas.
Nos quedamos mirando algo que nos sorprendió. Las teclas se movían solas, lo mismo los pedales, emitiendo un siniestro quejido.

En su interior se oía un ir y venir de algo que se arrastraba.
Preferimos no averiguar por ahora lo que era, y buscamos la llave de la cerradura.
Tomé esa llave y al querer abrir sentí en mi mano como si otra mano fría, helada, siniestra…se posara sobre la mía acariciándola deslizante desde la mano al antebrazo.

Sin quererlo lancé un grito, mientras Sergio se acercó para ver lo que me sucedía.
Ya había soltado la llave y la tomó él para girarla. Entonces una sombra oscura se cernió sobre nosotros dejándonos en medio de una espesa penumbra cual velo sepulcral.

Retrocedimos unos pasos y nos sentamos junto a la otra puerta.
Ahora esotra puerta se abrió y un ser cuya figura heterogénea de destilantes resplandores siniestros nos invitaba a pasar.

Naturalmente que no íbamos a aceptar la invitación. Pero Juan, que estaba un poco distante, nos animó y casi empujándonos entramos los tres.
Estábamos en un pasillo largo. Unos pasos de persona joven iban y venían pasando sin cesar, invisibles y tétricos por delante de nosotros.
Mientras nos mirábamos interrogativos unos a otros a la tenue luz de la mortecina fosforescencia que despedía.

Decidimos seguir aquellos pasos sin cuerpo por ver a donde nos llevaban. Unas escaleras de antiguo mármol, ya gastadas por los años, bajaban hasta un rincón del jardín. Allí había una losa sepulcral, disimulada entre mirtos y retamas. Una inscripción latina que traducida decía
Aquí yace sepultada Rebeca, y aquí estará hasta que alguien lea estas letras. Entonces debe entrar en la torre del palomar. A la derecha hay un nicho en la pared. En el nicho una urna, y en la urna una cajita. En la cajita un escudo.
Debe poner el pico del águila hacia el lucero del alba Y luego bajar en un rayo de luna hasta el final.
Allí Rebeca estará esperando.
Seguirá

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