jueves, 27 de noviembre de 2014
IRIS
Era una deliciosa tarde de verano. Algunos compañeros del colegio nos fuimos a pasear por la orilla del Nervión. Después de tomar un café en “La Salve”, una cervecería que está en el Campo de Volantín de Bilbao, nos fuimos hasta la playa para dar unas vueltas en una lancha de recreo.
Ya la tarde declinaba, y el sol estaba cercano a su crepúsculo cuando nos despedimos.
Yo seguí un ratito solo por la playa, y en una roca junto al mar me senté para filmar la puesta del sol
De pronto, y salida de no sé dónde, una niña se acerca, y se queda mirándome sin decir nada.
También yo la miraba. Una carita de hambre, flaca con sus ojitos azules de los que se deslizaba alguna lágrima. Su mano extendida como suplicando una limosna. Despeinada, descalza y un vestido sucio y raído.
-¿Qué quieres, niña?
-Una limosna, por caridad.
-¿Dónde vives?
-Lejos. Cerca de Archanda.
-Ah. Archanda. ¿Y tus padres?
-No tengo. A mi padre no lo conocí, y mi madre ha muerto cuando yo tenía 4 años
-¿Y cuantos tienes ahora?
-Tengo seis
-¿Quién cuida de ti?
-Nadie. Algunas veces me voy a dormir con una señora, ya mayor. Se llama Doña Arundina.
-La conozco. Doña Arundina es una buena mujer, pero ya camina con dos bastones. Poco tiempo podrás estar con ella. ¿Y después a dónde irás?
-No lo sé. No sé a don de iré. Y al decirlo comenzó a llorar, mientras decía, Mamá, mamá…¿Por qué me has dejado tan sola? Mamá, llévame contigo a donde tu estés.
Entonces le dije: No te preocupes. Yo cuidaré de ti. ¿Cómo te llamas?
-Iris. Mi nombre es Iris. Te agradezco que pienses en cuidarme, pero cuando llega la noche me encuentro sin mi mamá. A veces me dan algo, pero siempre es poco. Me gustaría tener unos zapatos, y no puedo.
A veces….A veces…
-¿A veces qué?
-A veces cuando pasa alguien a mi lado me escupe. ¡Yo quiero irme con mi madre! Y al decirlo volvió a llorar con un llanto que la hacía temblar. Luego dijo: No sé para que nací.
Yo tengo una casita. Tengo un perro grande, muy grande, que te va a querer mucho. Tengo dos gatitos juguetones. Y un jardín que está lleno de flores, pero me necesita una niña como tú que cuide mi jardín. ¿Quieres venir conmigo?
-Oh, sí. ¿Podré comer por la mañana, a medio día y a l tarde?
-Podrás. También podrás ir al Colegio. Y tendrás muchas amigas y amigos. ¡Anda, no llores más! Ven, vamos hasta mi casa.
Al llegar a casa salió a recibirla mi Perro Patón. Pronto se hicieron amigos.
Al llegar la hora de la cena le puse su plato en la mesa, un vaso de leche, pan, y fruta.
-Ahora te voy a enseñar tu habitación. Mañana a las diez, tendrás que venir conmigo. Quiero comprarte vestidos nuevos, zapatos nuevos, y quiero que te arreglen bien ese pelo.
-Gracias. Muchas gracias. ¿Entonces ya no me dolerán los pies cuando vaya por los caminos?
-No. Eso ya paso. Ahora habrá que buscar algunos amigos que jueguen contigo, porque yo tengo que ir a mi trabajo.
-¿No puedo ir contigo?
-No. Venga. Vete a dormir. Y mañana será otro día.
Cuando los pajaritos del jardín trinaban, y el sol penetraba por la ventana me levanté. Después de prepararme me acordé de la niña. Ya estaba esperándome en la cocina para preguntarme si podía comer un poco de miel
-Claro que sí. Puedes comer de todo. Pero no le des nada a Patón, porque los perros deben comer diferente.
Era una bonita tienda de niños, que hay en la calle Urrutia de Bilbao. Hice señas a una dependiente y le dije:
-¿Ves esta niña?
-Si. Vive en Archanda. La he visto alguna vez. Creo que vive con la vieja Arundina. ¡Pobre niña, tan pequeña y abandonada!
-Bien. Pues te pido que busques los mejores vestidos. Que busques una peluquería, para que laven su pelo. Que le pongas los mejores vestidos, y en sus dedos coloques una pulsera de oro y una sortija.
-¿Es familia tuya?
-No. No es de mi familia. Pero quiero mandarla al colegio de las Madres Josefinas, y quiero que tenga buen aspecto.
-No te preocupes. Yo me encargo de eso.
-Entonces voy hacer mis compras. Dentro de dos horas estoy aquí.
-Muy bien. Hasta luego.
Y después de hacer las compras regreso por el colegio de las Madres Josefinas, donde contraté la estancia de la niña por tres años.
Después tomé de la mano a Iris y le dije:
-Iris. Tú vas a ingresar en un colegio. Allí encontrarás unas buenas monjitas que cuidarán de ti. Nada te faltará. Yo vendré a verte cada día. Y cuando pasen los tres años volveré a contratar otros tres, en eso u otro colegio.
-Gracias, Javier. Eres tan bueno como mi madre. Pero yo prefiero estar contigo y con Patón. Ese perro me ha tomado cariño. Y ya somos amigos.
-Está bien, Iris. Pero ahora ya no eres la niña harapienta de ayer. Ahora eres una niña muy hermosa, con tu pelo rubio y tus ojitos azules. Pero te falta estudiar., Ahora tendrás que estudiar. Luego cuando ya seas mayor entonces tendrás que enfrentarte tu solita al mundo. Un mundo donde hay personas buenas…
-Como tú.
-y personas malas que juzgan a las personas por su aspecto y yo no quiero que nadie te vuelva a escupir. Quiero que tengas una carrera.
-¿Qué es una carrera?
-Una carrera es…Es ser profesora, ser médico, ser ingeniero…
-Ah. Como mi madre.
-¿Tu madre que carrera tenia?
-No lo sé. Pero ayudaba a los ancianos.
-Muy bien. Dentro de una semana ingresas en ese colegio. Y como te vendré a ver cada día, si no estás agusto te llevaré a otro
-¿Y porque no contigo?
-Porque tendrías que vivir sola, y de todos modos tendrías que estudiar.
-Comprendo. Iré al colegio.
Se fueron pasando los días. Cada tres días pasaba a visitarla, junto con mi perro Patón. El perro cuando veía a Iris se deshacía en piruetas. También las madres del Colegio tenían mucho cariño a Paton, y él se sentía muy orgulloso de las caricias de las más ancianitas que lo acariciaban, mientras él ponía sus gruesas patas en el regazo.
También los años iban sucediéndose.
Un día en que estaba paseando por el Campo del Colegio con Iris y Patón, de pronto Iris me dijo:
-Gracias a ti he llegado a ser en la vida una persona apreciada. Mis estudios van bien, y el próximo mes ingreso en la Universidad. ¡Cuánto he sufrido hasta aquella tarde en que me encontraste.
-Me encontraste tú a mí. Yo estaba contemplando la puesta del sol.
-Sí. Te encontré. Me pareció encontrar un hermano mayor. Y cuando comenzaste hablar conmigo me pareció que siempre te había conocido. No sé por qué desde entonces has sido un hermano.
-Cuéntame algo de tu vida. No sé nada de ti hasta los seis años.
-Pues es muy triste. Mi madre murió. Enfermó de una gripe o pandemia, y como no había dinero, pues no teníamos medicamentos. Se murió, Aun recuerdo sus últimas palabras: “Pobre hija. No sé qué será de ti. Tan sola en la vida!” Y posando sus labios ardientes en mí frente… ¡Que triste fue aquel beso para mí.
Entraron en casa algunos vecinos. Recuerdo que me echaron de la habitación, y al día siguiente se la llevaron a enterrar.
Aquella noche la pasé en casa de una vecina, pero ésta me dijo que debía vivir en mi casa, que me acostumbrase. Después, poco después vino el dueño de la casa y me dijo que debía ir a pedir limosna, porque también otros niños iban.
Y me llevó a un pueblo que yo no conocía. Me llevó en tren. Y diciéndome que pidiese a todos, se fue.
Yo, lloré mucho, mucho. Nadie me quería. Estaba sola, muy sola. Iba de pueblo en pueblo, Algunos me daban limosna. En los lugares donde vendían pan me daban pan, o fruta, y así iba pasando el tiempo.
Un día, cansada de llorar, llena de hambre y frio me fui a dar una vuelta por la bahía, de paso que buscaba un rincón donde dormir. Tenía mucha hambre. Algunos, en vez de darme algo me escupían, y entonces me recordaba que mi madre me daba besos. Ahora salivazos.
Me acerqué a ti porque estabas solo, y pensé seguirte para dormir bajo el goteral de tu casa, o en la escalera de tu piso, porque me habías hablado. ¡Tanto tiempo que nadie me hablaba!
Yo era una niña pequeña. Y tú me sonreías al hablarme. Me parecías el ángel soñado en el regazo de mi madre.
Ahora comprendo que en la vida también hay personas buenas.
-_Ya sabes, Iris, todos somos hermanos. Y todos debemos acoger al hermano pobre igual que al rico. El pobre te lo agradece, el rico no siempre. Pero yo veía en ti personificada la pobreza, mientras a mí no me faltaba nada. Y mientras te hablaba pensaba en qué podría ayudarte.
En aquellos minutos he pensado muchas cosas. Buscarte un techo con alguna persona buena, dejarte un lugar en mi casa, llevarte a casa de mi hermana. Todo, menos abandonarte a una suerte incierta. Porque tu…Tú estabas más muerta que viva.
-No había comido nada en todo el día.
-Por eso. Pensé en darte lo necesario y buscar un colegio interno. ¿Y qué tal te va con las monjas?
-Muy bien. Ahora todas lloran besándome porque me voy. Ya no añoro los besos de mi madre, aunque no hay besos como los de ella.
-Entonces ¿A qué universidad vas?
-A la de Deusto. Espero que me admitan. Porque hay muchas solicitudes.
-Entonces ven conmigo. Deusto está cerca. Yo vivo en la Calle Ramón y Cajal. Muy cerca. Ven, tengo una buena recomendación.
-Gracias. A ver si hay suerte.
-Te examinarán, y tal vez….
(Continuará)
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