sábado, 29 de noviembre de 2014
POR RIOTORTO ¡LOS ABUELOS!
Aquella tarde, cansados y hambrientos, llegamos a casa de D. Francisco Gutiérrez Ríos.
Queríamos darle una sorpresa a ese abuelo del que conocíamos muchas anécdotas de su vida, pero nunca lo habíamos visto.
Con la ilusión de dos adolescentes llegamos hasta Mondoñedo.
Con el ansia de ver a nuestro abuelo solo tomamos un yogur a prisa y un trozo de tarta en El Rey de las Tartas.
Un olor fuerte, penetrante, que hacia caer la saliva nos llegó hasta nuestras narices que olían, ávidas de probar una pastilla.
Es que al lado estaba la fábrica de chocolates, y el hambre nos hacía imaginar que en Mondoñedo, en aquella antigua fábrica, en que los moldes eran de madera labrada, podrían ofrecernos un gran atracón.
Pero tomando unas cuantas tabletas que la Señora Ramona tenía sobre el mostrador nos las envolvimos en un papel de periódico y a toda marcha nos fuimos guiados por nuestro GPS hacia Riotorto.
Riotorto es un ayuntamiento de muy pocos habitantes. Era casi imposible encontrar por la carretera alguien que nos indicara si aún faltaba mucho para llegar.
La tarde era calurosa. El olor a chocolate perfumaba embriagador todo el coche. Por eso sin poderlo evitar comimos dos pastillas mientras seguíamos rodando junto a un rio cuya carretera ha sido trazada por su orilla, hasta llegar a Villameá.
En Villameá una mujer vestida de negro, con un trapo sobre la cabeza y un sombrero caído sobre el hombro se nos queda mirando
Le preguntamos si quedaba lejos la parroquia perteneciente a Riotorto cuyo nombre era Meilan.
-Yo soy de Meilan. ¿Y vosotros?
-Venimos desde Argentina- Vamos a visitar a nuestro abuelo. Se llama Francisco Gutiérrez Ríos. ¿Oyó hablar de él?
-Claro que sí. Conozco a toda su familia. El abuelo vive casi solo en esa aldea, porque en esa aldea solo quedan muy pocos vecinos. Los jóvenes emigraron llevándose a los suyos. ¿Pero saben ustedes hablar gallego? Es que en Riotorto casi todos hablan gallego.
-Gracias mujer. Vamos a prisa, porque tal vez está echando la siesta.
-Pois que teñan bon viaxe, que xa tan chegando.
Llegamos a Riotorto. Allí una bifurcación de carreteras por donde no pasaba ningún coche.
En un amplio huerto cargado de aboles frutales había dos curas.
El uno con una sotana rota y una gorra. El otro un poco más alto, que se nos quedan mirando.
-Buenas tardes señor cura, y también a usted.
-¿Por lo que veo ustedes no son de aquí.
-No. No somos de aquí. Somos de Argentina. Quisiéramos preguntarle si conocen ustedes a D. Francisco Gutiérrez Ríos.
--Sí, hombre. Vive en Santa Marta de Meilán. Verán ustedes. Acérquense. ¿Ven aquella casa blanca en esa colina?
-Sí.
-Esa es su casa. Después de un kilómetro cojan a la izquierda. Allí encontrarán una chabola donde vive solo un anciano. Casi no se puede mover. Se llama el Señor Muiñonovo. Pasen delante de su cabaña. Luego sigan la carretera, un poco retorcida, pero les lleva hasta la Iglesia. Pueden aparcar cerca porque a quien buscan está cerca. ¿Pero por qué lo buscan?
-Porque es nuestro abuelo.
-¿Los espera?
-No. Es una sorpresa.
Pues lo encontrarán durmiendo la siesta. Los nietos y sobrinos estarán cavando las fincas.
Y hasta Meilán nos fuimos.
En una era, a la sombra de dos grandes cerezos, junto a un “palleiro” estaba un anciano durmiendo.
La boina tapaba su cara. A su lado un perro que no guardaba nada, porque nos saludó moviendo la cola.
El abuelo se despertó y se nos queda mirando.
Entonces se levanta y pregunta.
-¿Vosotros quien sois?
-Nietos de Francisco Gutiérrez Ríos.
-Ese soy yo. ¿Y de dónde venís?
-De Argentina, abuelo.
-Esperad un momento
Se levantó, y entró en su casa. Luego de un rato volvió con varias fotos en la mano. Éramos nosotros, cuya foto la habíamos enviado hacía un año. Nos miró a la cara, luego se fijó otra vez en la foto. Y de pronto como si fuera un niño nos abrazó, nos besó mientras lloraba sin pronunciar palabra.
¡Qué alegría estar en brazos de aquel abuelito del que recibíamos tantos regalos! A veces era tan solo una colección de sus libros que tanto gusto tenía en escribirlos. Otras veces era un móvil de buena marca, con las letras de nuestros apellidos. Casualmente ahora teníamos uno en las manos que le enseñamos y lo besó con quien besa una reliquia.
Fue entonces donde me inspiré en ese último cuento hablando del abuelo, porque también de ese abuelito tantas cosas bellas…
Una mujer, cargada con un haz de hierba se acercaba por el sendero-Ya está aquí la abuelita- dijo, mientras limpiaba su última lágrima, para dejar paso a una bonachona sonrisa. Y tomando el haz de la cabeza de la abuela, le dijo:-Prepárate para recibir la alegría del día.
La abuela se nos quedó mirando sin decir nada. Miraba al abuelo para luego volvernos a mirar a nosotros.
Por fin preguntó
-E logo de donde son ustedes?
-Somos de Argentina. Somos sus nietos.
Y la abuela sin más preguntas nos abrazó a los dos en un fuerte abrazo que olía a hierba, a sudor, a pan, y a tierra.
Porque la tierra también huele, y la tierra de Galicia tiene un olor peculiar.
Nos invitó a entrar. Y quería hacernos la comida. Pero nosotros no queríamos que se molestara y le dijimos que íbamos a comer a Puente nuevo.
Entonces el abuelo nos dijo que nada de ir a Puente nuevo. Que él mandaba y ordenaba comer en su casa.
Y al decirlo tiró la boina en el suelo, como signo irrefutable a su decisión. En ese instante entraba su hijo, y dijo
-Ainda non seis quen sodes. Pero cando o vello tira a pucha no chan hay que facer o que dice. E o seu xuramente (Aun no se quien sois, pero cuando el abuelo tira la boina al suelo hay que hacer lo que manda, es su juramente)
Entonces nos sentamos detrás de la lareira de la cocina, mientras la abuela nos inundó con un sinfín de recuerdos de nuestros padres.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario