lunes, 24 de noviembre de 2014



LUZ DE LUNA- cuento
 CUENTOS PARA LEER EN EL HOGAR.
Había una vez una niña que vivía en una hermosa casita en el alto de una colina. Era feliz en la compañía de sus padres, los cuales la querían mucho.
Desde su ventana contemplaba al mar, a veces agitado y otras veces azul, reflejando por las noches las estrellas,   a donde iban las golondrinas en primavera mojar sus alas cansadas de volar, cual coma azul en su inmensidad.

Le agradaba acercarse a su vera para ver las olas romperse en la arena, luego subía por los tortuosos senderos que serpenteaban a través de los árboles del bosque hasta llegar a la era, donde los conejitos y las palomas la esperaban para jugar con ellos.

Así iban pasando los días, y así pasó el tiempo hasta que un día vio con asombro que las olas del mar se agitaban de una manera desconocida, hasta el punto que   se rompían contra la verde colina.

Sus padres cerraban las puertas del corral para que el viento no se llevara a los animales que intranquilos iban de un lugar a otro.

Fue entonces que una racha de aire llevó por los aires la casita donde ella tenía sus juguetes, y en la que en aquel momento estaban sus padres.

Luzdeluna vio como la casita de sus juegos era llevada cada vez más alta, cada vez más lejos. Desde la pequeña ventana sus padres intentaban tranquilizarla. Entre la fuerza del viento oyó el eco de la voz de su madre que le decía:
-No temas. Cuando el aire afloje volveremos. Entretanto cuídate. Hasta siempre.

Pero el aire seguía y la casita de madera de sus juegos se perdió en la distancia.
La niña lloró y lloró.
Los vecinos le llevaban comida y vestidos. La invitaban para que fuese a vivir a sus casas, que estaban un poco más abajo, junto a la colina. Pero ella prefería estar en su casa por si llegaban sus padres, los cuales  no volvían.
Los pajaritos venían cada día a jugar con ella, porque también los pajaritos comprenden cuando un amigo está triste.
Luzdeluna seguía triste. Nada le hacía tanta ilusión como tener a su lado a sus padres, que tanto la querían.

Un día, después de desayunar, bajó por el sendero que llevaba al mar. Distraída en su pena no se dio cuenta que se había extraviado.
Siguió caminando por senderos desconocidos, hasta que cansada se sentó al lado de una fuente que manaba clara y límpida entre unas rocas. Y cansada se quedó dormida.
Soñó con los dulces besos de su madre, con   el cariño de su padre. Pero cuando despertó vio a una bella joven, que acariciando sus grandes trenzas de pelo rubio le decía:
-Pobre niña, sola y triste.
Soy el hada de este bosque. Pídeme lo que quieras, y yo te lo daré.
-Nada me haría más feliz que volver a ver a mis padres.
-Tus padres regresarán, pero tardarán aun dos años, porque deben trabajar para ganar dinero para su regreso.
-Entonces ayúdalos para que vuelvan antes.
-Eso haré. ¿No quieres algo más?:
-Nada se me ocurre. ¿Puedes decirme por donde regresaré a mi casa?
-Por el mismo sendero que te trajo aquí. Antes podrías visitar el jardín de las Maravillas.
-¿El jardín de las maravillas? ¿Y dónde está?
-Continúa por ese camino. Dos horas si no te paras. Llegarás y lo verás.

Al decir esto desapareció  la bella joven, y la niña siguió caminando tan a prisa que a veces tenía que sentarse un poco a descansar.

Allá a lo lejos vio una hermosa montaña de flores. Enseguida llegó.
Flores azules, blancas, rojas, amarillas…Flores que despedían un enardecedor perfume.
Luzdeluna estaba encantada de ver tanta hermosura, de respirar tan suave perfume. A su paso iba acariciándolas, y las flores se inclinaban mimosas como agradeciendo las caricias de Luzdeluna.
Sentóse junto a un parterre, desde el que podía admirar gran parte de ese extenso jardín.

De pronto una flor, cuyos pétalos lucían con variados colores y cuyo perfume era de una belleza esplendorosa, inclinándose hasta el oído de Luzdeluna le dijo:
-Soy la reina de las flores de este jardín. Si me prometes no maltratarnos te diré algo que te agradará oírlo.
-Nunca os maltrataré. Puedes contarme todo lo que quieras.

Entonces sabrás que nosotras antes de ser flores éramos princesas.
-¡Tantas princesas! Dijo Luzdeluna asombrada.
-Sí. Tantas princesas. No pertenecíamos a un solo reino. Aquí hay flores amarillas, verdes, azules, rojas…y muchas más de diversos colores que desde aquí no puedes ver. Somos princesas desde los tiempos de los Faraones. ¿Has oído hablar de los Faraones?
-Sí. Lo he leído en varios libros.
-Había  personas malas, envidiosas, que no nos dejaban nacer. Nosotras teníamos la ilusión de nacer, de ser niñas como tú. Pero cuando estábamos en el seno de nuestras madres nos asesinaban. Por eso no podíamos nacer. Pero aunque no nacíamos éramos destinadas a vivir en este bello jardín, con lo cual nuestra pena se endulzaba un poco. Solamente un poco, porque la vida vale mucho más.
Por eso ves tantas flores y de tantos colores.
Si quieres dar una vuelta por nuestro jardín podrás ver otro lugar donde están también nuestros príncipes. Ellos son bellos claveles que habitan en el valle de la vida.
-¿Cómo es posible que fueseis tantas princesa? Aun contando desde antes de los faraones no me sale la cuenta.
-Sabrás, niña hermosa, que los hijos del rey se llaman príncipes. Sabrás que nuestro Rey es Dios, por eso todos los privados de la vida por causa de un aborto estamos formando parte de este hermoso vergel. ¿Podrías contar cuantos millones de abortos se dan en el mundo? No, nunca lo podrías contar. Somos legiones…Y somos bellas, sí, porque nuestros cálices son inmaculados, tan solo tiznados con la sombra de una ajena culpa, la que forma nuestros pétalos, y nos llenan de dolor.
-¿De dolor? ¿Y por qué de dolor, tan bellas como sois, con tan embriagador aroma?
-Muy sencillo, Luzdeluna: Porque nunca seremos amadas por los humanos. Ellos no nos conocen…
Y al decir esto, la bella flor, reina de las flores se puso a llorar, mientras sus lágrimas cual rocío caía sobre los pétalos de otras flores, y en un instante todas inclinaron sus cálices y se pusieron a llorar.

Entonces Luzdeluna comprendió que amar al prójimo no es tan solo amar la hermosura visible, sino también aquella belleza que nunca ha sido iluminada por otra luz porque alguien se lo ha impedido.
(Un trocito de mi libro titulado Dejad nacer a los hijos.)
Otra vez continuará.




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