SIMI; LA HEBREA
Aquella tarde jugábamos los niños en la era. Algunos vecinos
se acercaron y también jugaban con nosotros.
De pronto un hombre que se acercaba lentamente con un saco
al hombro, mal vestido, y una boina renegrida se sentó a nuestro lado,
contemplando como construíamos una cabaña, mientras comía un trozo de pan.
Mi hermana y una amiga se acercaron y le preguntan si quiere
comer algo que le traerá un trozo de queso.
-No. Tengo bastante comida. Quisiera un lugar para dormir.
-Pues si espera un rato acabaremos de construir una cabaña,
y puede quedar aquí.
-Entonces también yo os ayudaré.
Era un hombre con
nobles facciones. Sus palabras cortas, y su destreza en poner ramas y troncos
en su lugar conseguimos con su ayuda que pronto la cabaña estuviese lista.
Después procedimos en hacer un nido o cubil en el suelo para
que pudiese dormir, y encima pusimos mucha paja.
Ya anochecido llegan mis padres, y saludan muy cortésmente al
anciano que estaba sentado contemplando las lejanas montañas llenas de verdor,
que ahora iban desapareciendo en una
oscura silueta, le dicen:
-¿Nos espera?
-No. Solo pedirle permiso para dormir esta noche en esta
cabaña.
-¿De dónde es usted?
-De Asturias, de un pueblo cercano a Covadonga.
-Y…Va usted de viaje?
-Si. En realidad voy huyendo de mi triste soledad.
-Entre, y nos acompaña a cenar. Después le daremos un lecho
más decente. Los niños con muy buena intención han realizado este. Pero tampoco
es digno de una persona.
-Para mí todo vale. Acepto en acompañarles a la mesa.
Ellos entraron, y mientras nuestra madre preparaba la comida
quedamos jugando un poco más. En realidad nunca nos cansábamos de jugar...
Los otros niños se fueron a sus casas y nosotros entramos
adentro.
Hacia frio. Tal vez debía ser por el mes de noviembre,
cuando las noches son frescas y los días, aunque a veces soleados otras veces
se presentan nublados y tristes.
Nosotros estábamos sentados en el suelo, junto al vagabundo.
Mi hermana le pidió que nos contase un cuento.
-Con el permiso de vuestro padre os puedo contar uno muy
hermoso. Se titula Simi, la
hebrea
- Oh, sí. Cuéntenoslo por favor.
Mi padre se sentó al lado del mendigo, mientras nosotros estábamos
sentados en el suelo mirando al rostro de aquel anciano
Surcado por muchas
arrugas acabando en una barba blanca bien cuidada, que adornaban dos ojos que a
veces quería sonreír, mientras una sombra de tristeza los ensombrecía.
-“Atentos pues:
Hace muchos años había una niña cuyos padres le pusieron al
nacer el nombre de Simi. Y Simi era hebrea.
Sus padres que no practicaban la religión católica no querían
que la niña supiese que existía esa bella religión fundada por Jesús.
Simi se iba criando en medio de todo lujo, como una sultana,
pues en realidad lo era. A su servicio tenía dos criadas que procuraban que
nadie le hablase de otra religión que no
fuese la Hebrea
-¿Y que es una religión hebrea?
-Tú cállate, y deja hablar a este señor, sino se le olvidará
el cuento. ¿Cómo se llama usted?
-Yo me llamo Pedro.
-Mi amigo también se llama Pedro.
-Pues cálate, sino se va enfadar Pedro.
-Pues que continúe.
-Muy bien. Íbamos en que tenía dos criadas.
Pero un día se enfadaron, se pelearon y el padre de Simi
tuvo que dejar que una de las dos se marchase para que reinase la paz en el
hogar.
El padre de Simi buscó en balde otra doncella. Y al no
encontrarla contrató a una mujer española llamada Beatriz. Y Beatriz profesaba
la fe católica.
Todas las no ches Beatriz rezaban sus oraciones, y con su
rosario de cuentas iba pasando los misterios.
Un día Simi le preguntó por qué oraba y quien le escuchaba.
Entonces le contó muchas cosas de la fe cristiana.
Simi quería saber más y más de nuestra religión, y como la
doncella sabía que su padre no quería que le contase, pues las dos pasaban
horas escondidas en una habitación del
castillo enseñando y aprendiendo la religión cristiana.
Un día la doncella se enfermó, y poco después se murió.
Entonces Simi le pidió a su padre que la dejase entrar en un
convento de monjas Agustinas que había en un pueblecito de Cádiz llamado Medina
Sidonia.
El padre se negó, y mandó que le dieran cuatro azotes por intentar
aprender algo de la fe de Jesús.
Un día su padre tuvo que ir a tierras lejanas. Entonces Simi
aprovechó la ocasión para escaparse,
Le dio a aun criado una bolsa llena de monedas de oro y se
vino a Medina Sidonia.
Llamó al amplio portal.
Una Madre Agustina Recolecta la recibió, y desde entonces se
quedó en aquel convento
Le agradaba mucho la religión. Cada mañana se levantaba
temprano. Bajaba al comedor a desayunar. Después trabajaba unas horas en una
gran huerta, y después se iba delante del santísimo a orar.
Así cada día, cada vez más enamorada de Jesús. Así cada día
haciendo oración delante de una imagen que tenía en un rinconcito de la huerta.
Simi era una joven muy hermosa, alegre, graciosa y amiga de
todos.
Y como siempre que podía estaba orando, pues los del pueblo
de Medina venían a encargarle oraciones.
Y así todo Cádiz y toda España se enteró de la santidad de
aquella joven.
Pero de tanta penitencia…
-¿Qué es penitencia?
-No vuelvas hablar. Espera que acabe el cuento, sino Pedro
no nos contará más.
-Vale ¿Pero que es penitencia?
-Penitencia, dijo Pedro, es mortificarse. Por ejemplo si
tienes ganas de hablar, pues calla. Si tienes ganas de comer el trozo más
grande de dulce escoge el
menor. Eso es
penitencia.
Bien, pues Simi se
enfermó y tuvo que guardar reposo.
Los pajaritos de la huerta que tanto la querían cada día venían
a la ventana a estar con ella un ratito para acompañarla.
Una monjita colocó en su habitación la imagen de la Virgen
que Simi tanto quería.
Y un día que rezaba a la Virgen se murió. Quedando como
dormida en los brazos de la Virgen se nos fue de este mundo
Al día siguiente todo el pueblo se enteró de que Simi había muerto.
A su entierro vinieron reyes y príncipes. Labradores y grandes personalidades.
Los pobres también venían y todos lloraban porque su amiga Simi ya se había ido
al cielo.
……………………………………….
-Nos ha gustado mucho el cuento Pedro. ¿Sabes más?
-Sí, Pedro seguramente sabe más. Pero ahora ya es hora de
cenar. Vosotros a poner la mesa, que vamos a comer.
Pusieron la mesa, mientras el anciano rezó una oración muy
hermosa, que dejó maravillados a los padres de aquellos niños.
El padre de familia preguntó a Pedro si tenía trabajo,
porque él necesitaba alguien que cuidase la huerta.
-Sí, puedo cuidar la huerta, y me conformo con algo de
comida. No quiero nada por mi trabajo.
Y Pedro se convirtió en uno más de la familia.
Los niños al regresar a las tardes de la escuela se
acercaban a Pedro y rodeándolo le pedían que les contase otro cuento.
Mañana contaremos otro.
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