MARIA EN EL TEMPLO 1ª parte
Han pasado algunos años.
Ahora María es una jovencita, una adolescente de una hermosura sin igual.
Tiene ya
algo más de doce años. Sus cabellos ya no están sueltos, sino recogidos
con unas trenzas sobre la nuca, que bajan sus coletas hasta cerca de su cintura.
Su rostro ya ha dejado de
ser el de una niña, y se parece más al de una linda mujercita.
Lleva un vestido blanco,
y sus ojos azules miran a veces hacia el Propiciatorio, que es el lugar del
Templo donde, tras los velos, se asienta
la gloria de Dios, donde los Sacerdotes le rinden incienso y adoración por el
pueblo.
Es una hermosa mañana
donde el sol resplandece en su rodar continuo sobre los azules cielos de Jerusalén.
María está sentada en un
asiento de madera. Está cosiendo o bordando, mientras el perfume de las flores
y los rosales llegan hasta ella.
Mira con sus ojos acariciadores hacia los
jardines, hacia el horizonte que se pierde en la lejanía, y canta.
Su canto se vuelve
oración. Una oración en la que habla de
las maravillas de Dios, en la que contempla con amor a Dios no tan solo en el
templo, sino en el templo de su corazón.
Es tan profundo el
pensamiento y amor de Dios que siente, que parece que esté en éxtasis.
Se arrodilla, Su rostro
parece como si un oculto sol de alegría, amor y fe irradiase de su mismo ser.
En su rostro está la sonrisa de los ángeles, en su mirada el cielo, en su voz
el ardiente amor a un Dios que contempla cercano.
De pronto unos golpecitos
suaves llaman a su puerta. Es Ana de Fanuel, su maestra, que pasa visitando a
las alumnas.
María contesta desde su lugar:
-Adelante.
-¿Estabas orando?, nunca
cesas de orar.
-Sí. A veces miro hacia
el lugar donde está Dios en el Templo. Pero allí contemplo su inmensa gloria,
sus promesas, y al Dios del Sinaí.
Después, mi pensamiento
se vuelve otra vez hacia mí. Me parece mirar en mi corazón. Y allí ya no veo al
Dios del Sinaí, sino a un Padre amoroso. Veo como una llama de amor, un círculo
donde esta Dios y yo. Entonces me parece oír esa divina voz del Padre que me dice: “Te amo”. Y yo también le
respondo llena de amor hacia ÉL: “Te amo”
Y así permanezco oyendo
su declaración de amor de Dios y devolviéndole todo mi amor.
No pienses que entre las
llamas de este círculo no os veo también a vosotros. Os veo y os amo...
Pero no puedo amaros sino
con el amor de Aquel que me dice “te amo”
Comprendo mi suerte, que
será como la de todas las mujeres, pues así
se estipula en Israel. Una mujer debe ser casada, luego debe ser madre y
esposa.
Al decir “Yo te amo” me
ofrezco a ser siempre virgen, porque solo puedo querer a Aquel con quien hablo y siento tan cerca de
mí.
-Pero María, tu tendrás
que casarte…
-Lo sé. Pero al que sea
mi esposo le diré mi secreto. Le diré que quiero permanecer virgen.
-Y así desobedecerás la
Ley secular de Israel.
- Dios me dará un esposo que me comprenda, que
respete mis sentimientos. Confió en Dios.
A veces los padres
quieren imponer sus deseos pensando que es lo mejor para sus hijos, y no
comprenden que hay otra alegría infinita, que es consagrarse a Dios y vivir en
su inmenso amor.
Yo estoy libre de esa
imposición porque mis padres han muerto, y nadie sabe el dolor que me causa el
no poder volverlos a ver en esta vida, el no poderlos besar, el no poderles
tener a mi lado.
Pero aunque mis padres
vivieran jamás me impondrían nada a la fuerza, porque mis padres han sido
siempre justos.
Seguiría la voz que me
llama aunque fuese contra todas las voluntades familiares, porque esa voz me
ama más fuertemente, más que ninguna cosa.
-Pero María ¿Qué palabras
le dirás a tu esposo para persuadirlo de que respete tus sentimientos?
-Tendré conmigo a Dios.
Dios iluminará sus sentimientos, sus instintos y estímulos y se convertirá para
mí en una flor pura que tendrá como perfume la caridad.
Yo quisiera que esta voz
que me habla me dijese dónde está la mujer que un día será la madre del Mesías.
Iría hasta donde está. No
temería ni al calor ni al frio ni al hambre ni al cansancio. Iría y le rogaría
que me tomase por esclava, por sierva, que me pusiera los peores trabajos con
tal de dejarme escuchar la voz del Niño Mesías.
Tal vez tendría la suerte
de limpiar sus pañales. Tal vez lo viese crecer y un día me diese de sus manos un
trozo de pan.
Aunque el hambre me
acosase guardaría ese trozo de pan como una reliquia. Lo tendría siempre
conmigo. Lo estrecharía contra mi corazón como una prenda de amor del Niño que será un día el Redentor.
Dicen que faltan muchos años aún. Yo sé que las profecías no
se equivocan, pero esa voz que me habla me hizo comprender que esos años se
cuentan por lunas.
Por eso te digo que la
venida del Mesías está cerca.
-María, tu deberías ser
la madre del Mesías.
-Oh, no digas eso. Yo no
soy digna ni de soñar ni pensar tales cosas. La escogida para ser su madre
tiene que ser una mujer llena de
virtudes. Yo soy tan solo una humilde mujer. Una mujer que se extasía pensando
en conocerlo. Me conformo con poder
conocerlo.
El Mesías deberá sufrir
mucho, pues los Profetas lo dicen.” Heridas, Sangre, dolor…todo Él será dolor”
Al menos que esa sangre
caiga en cálices sagrados que puedan ofrecer al Señor la flor de su pureza. Que
no sea profanada su sangre con las blasfemias. Que corazones puros la recojan
para derramarla sobre los enfermos de alma para que se iluminen sus corazones.,
y luego lavados en esa sangre se conviertan en lirios de pureza que enjuguen el sudor y las lágrimas del Mesías.
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