lunes, 24 de noviembre de 2014



¿Lo cuento?  EL DULCE NECTAR DE UN SUEÑO.
Era una noche fría de invierno. Después de cenar me fui a dormir. Hacía frío y no encontré otra cosa mejor.
Vivía en Barcelona. Mi madre estaba viviendo con mi hermana. Cada mañana me solía levantar a las siete y media. Después de lavarme un poco la cara para espabilar los ojos  pasaba un poco la rasuradora por el rostro, me peinaba y me iba a la fábrica, a la que llegaba en cinco minutos en moto, y algo más en coche.

Uno de esos días después de acostarme me quedé dormido.
De pronto me veo en un lindo cementerio donde había varios enterradores. No sé porque también estaba yo allí.
Admiré los hermosos parterres del cementerio, y le pregunto a un enterrador muy amable:
-¿Qué hacen aquí de estas horas?
-Estamos preparando la sepultura de una buena mujer. Pronto vendrá, y hay que prepararle su tumba.

Entonces seguí un poco más adelante- Otros dos sepultureros me miran, me dan la mano y entre ellos se ríen.
No sabía yo por qué tanta benevolencia conmigo, que ni entendía porqué estaba allí por la noche aquella gente y yo
Me fui al lado de la puerta del cementerio, y dos personas de un hablar muy afable me saludan.
De Pronto les pregunto:
-¿Para quién preparan esa tumba con tanto esmero?
Para M.R.C. que pronto llegará
-Pero M.R.C es mi madre. Y no ha muerto, ni hay por qué prepararle la tumba. ¿Por qué lo hacen?
-Porque ella tiene la casita muy limpia. Su vida ya termina. Y pronto estará aquí.

Al ver la seguridad y seriedad con que hablaban no les contradije. Y me marché.

Desde la entrada eché una mirada a aquel lugar, y de veras era hermoso, limpio y lleno de flores en un parterre de mirtos. Luego me fui y desperté.


Ha sido un sueño, pensé yo. Un sueño no significa nada.
Al volver del trabajo pasé por casa de mi madre. Pero todo estaba bien.


Pasaron algunos días. Tal vez un mes.
Ya el invierno era más crudo. Por eso me gustaba mucho acostarme, dejando solo encendida la luz de la mesita de noche mientras leía algún libro, o repasaba algún trabajo.

Cansado me quedé dormido. No se cuántas horas habría dormido.
De pronto me encontré en l aldea de mi abuelo. En esa aldea había un camino polvoriento donde iba a jugar con mi hermano cuando estábamos allí Era nuestro lugar preferido
Pero ahora me encontré solo.
De pronto el camino  se  inunda de una bella luz. Admirado comencé a andar por él. Entonces de en medio de esa luz nacen  cientos, miles millares de flores de todos los colores.
El camino está ahora como una enorme alfombra de luz iluminado por flores de mil colores que brotan por todas partes.

Conocía bien ese camino. Pero jamás había sospechado que hubiese en él tanta hermosura oculta.
No me atrevía a dar un paso. Estaba un poco a la vera contemplando tanta belleza y vi que las flores se inclinaban ante alguien que pasaba.

Era una figura de mujer. Entonces aquella belleza de mujer me llama.
Su voz era tan hermosa, tan tierna y tan igual a la de mi madre, que fijándome mejor vi que en efecto era mi madre la que pasaba por ese camino.
Entonces le dije:
-Mamá ¿Qué haces aquí en medio de tanta belleza?
--Vengo a despedirme, porque me voy.

Desapareció mi madre como desaparece un rayo de sol que se deja morir entre el crepúsculo vespertino.
Luego también desapareció el camino y en su lugar quedó el polvoriento camino donde mi hermano y yo íbamos a jugar de niños.

Aun así en mi mente se había grabado tanta belleza que no deseaba despertar del néctar de ese sueño.
Pero desperté.

Pocos días después mi madre moría.
Moría tal como había vivido, siempre tranquila, siempre alegre,
Yo estaba trabajando. Mi hermana me llamó, y dejando el trabajo me fui a casa.

Esto fue un suelo. Claro. Y los sueños son.

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