¿Lo cuento? EL DULCE NECTAR DE UN SUEÑO.
Era una
noche fría de invierno. Después de cenar me fui a dormir. Hacía frío y no
encontré otra cosa mejor.
Vivía en
Barcelona. Mi madre estaba viviendo con mi hermana. Cada mañana me solía
levantar a las siete y media. Después de lavarme un poco la cara para espabilar
los ojos pasaba un poco la rasuradora
por el rostro, me peinaba y me iba a la fábrica, a la que llegaba en cinco
minutos en moto, y algo más en coche.
Uno de esos
días después de acostarme me quedé dormido.
De pronto me
veo en un lindo cementerio donde había varios enterradores. No sé porque
también estaba yo allí.
Admiré los
hermosos parterres del cementerio, y le pregunto a un enterrador muy amable:
-¿Qué hacen
aquí de estas horas?
-Estamos
preparando la sepultura de una buena mujer. Pronto vendrá, y hay que prepararle
su tumba.
Entonces
seguí un poco más adelante- Otros dos sepultureros me miran, me dan la mano y
entre ellos se ríen.
No sabía yo
por qué tanta benevolencia conmigo, que ni entendía porqué estaba allí por la
noche aquella gente y yo
Me fui al
lado de la puerta del cementerio, y dos personas de un hablar muy afable me
saludan.
De Pronto
les pregunto:
-¿Para quién
preparan esa tumba con tanto esmero?
Para M.R.C.
que pronto llegará
-Pero M.R.C
es mi madre. Y no ha muerto, ni hay por qué prepararle la tumba. ¿Por qué lo
hacen?
-Porque ella
tiene la casita muy limpia. Su vida ya termina. Y pronto estará aquí.
Al ver la
seguridad y seriedad con que hablaban no les contradije. Y me marché.
Desde la
entrada eché una mirada a aquel lugar, y de veras era hermoso, limpio y lleno
de flores en un parterre de mirtos. Luego me fui y desperté.
Ha sido un
sueño, pensé yo. Un sueño no significa nada.
Al volver
del trabajo pasé por casa de mi madre. Pero todo estaba bien.
Pasaron
algunos días. Tal vez un mes.
Ya el
invierno era más crudo. Por eso me gustaba mucho acostarme, dejando solo
encendida la luz de la mesita de noche mientras leía algún libro, o repasaba
algún trabajo.
Cansado me
quedé dormido. No se cuántas horas habría dormido.
De pronto me
encontré en l aldea de mi abuelo. En esa aldea había un camino polvoriento
donde iba a jugar con mi hermano cuando estábamos allí Era nuestro lugar
preferido
Pero ahora
me encontré solo.
De pronto el
camino se inunda de una bella luz. Admirado comencé a
andar por él. Entonces de en medio de esa luz nacen cientos, miles millares de flores de todos
los colores.
El camino
está ahora como una enorme alfombra de luz iluminado por flores de mil colores
que brotan por todas partes.
Conocía bien
ese camino. Pero jamás había sospechado que hubiese en él tanta hermosura
oculta.
No me atrevía
a dar un paso. Estaba un poco a la vera contemplando tanta belleza y vi que las
flores se inclinaban ante alguien que pasaba.
Era una
figura de mujer. Entonces aquella belleza de mujer me llama.
Su voz era
tan hermosa, tan tierna y tan igual a la de mi madre, que fijándome mejor vi
que en efecto era mi madre la que pasaba por ese camino.
Entonces le
dije:
-Mamá ¿Qué
haces aquí en medio de tanta belleza?
--Vengo a despedirme,
porque me voy.
Desapareció
mi madre como desaparece un rayo de sol que se deja morir entre el crepúsculo
vespertino.
Luego
también desapareció el camino y en su lugar quedó el polvoriento camino donde
mi hermano y yo íbamos a jugar de niños.
Aun así en
mi mente se había grabado tanta belleza que no deseaba despertar del néctar de
ese sueño.
Pero
desperté.
Pocos días
después mi madre moría.
Moría tal
como había vivido, siempre tranquila, siempre alegre,
Yo estaba
trabajando. Mi hermana me llamó, y dejando el trabajo me fui a casa.
Esto fue un
suelo. Claro. Y los sueños son.
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