domingo, 14 de diciembre de 2014
CUENTOS DE NAVIDAD
Aquella tarde de verano, mi madre había ido a visitar al abuelo que estaba un poco delicado porque se había torcido un tobillo.
En casa quedamos los cinco hermanos
Cansados de jugar en el bosque con otros niños y niñas de nuestra edad nos fuimos a casa.
Mi madre no había regresado, por eso continuamos jugando en la era.
La era nos agradaba mucho, porque allí teníamos nuestras casitas construidas con ramas, donde escondíamos nuestros juguetes hechos por nosotros.
Triciclos hechos de madera con tres ruedas, un manillar y una tabla. Mi hermana tenía su casita con una ventana desde la que se veía pasar de tarde en tarde un tren, en la vecina montaña, que se escondía en un horadado túnel que salía allá muy lejos.
Hoy era día de viento. Jugábamos a “volar” pues el aire nos llevaba de un lado a otro, y entre risas y alegría, en la vigilancia de alguna viejita que venía con su rueca y se sentaba en una alta piedra, de paso cuidaba que nada nos pasara. Era nuestro ángel tutelar.
Entonces de pronto mi hermana nos dice:
-La noche se acerca. El sol ya se oculta detrás de los montes porque también el sol se va a dormir.
Nosotros vamos a casa, porque hoy tenemos que hacer cine.
Detrás de unas tablas poníamos una bombilla, y la poníamos frente a un tubo de latón que habíamos encontrado un día. Dentro del tubo metíamos papeles que movíamos con un palo, y en la blanca pared se veían mezcladas luces y sombras que en nuestra infantil imaginación nos parecían barcos en el mar, o grandes monstruos peleándose.
Así pasábamos las horas viendo siempre lo que deseábamos ver.
Saltando no sé de donde uno de los gatitos pequeños se metió en el tubo, y andando de un lado a otro, reflejado por la luz de la bombilla nos hizo una hermosa película.
Entre risas y gritos de alegría los cinco hermanos pasábamos el tiempo llenos de ilusión
Mi madre llamó a la puerta, y también subió un rato a ver nuestro cine. Después bajó a la cocina a hacernos la cena mientras nosotros corríamos en la amplia sala jugando a pillarnos.
Ya era hora de cenar.
Antes de cenar, mi madre bendecía la mesa, y mientras comíamos nos contaba un cuento.
Hoy nos contó el cuento de una pastorcita que todos los días rezaba con gran devoción el rosario a la Virgen, delante de una estampita.
Un día vino un ángel a decirle que se preparase porque la Virgen vendría a buscarla. La niña se puso muy hermosa, y la Virgen se la llevó al cielo, y ahora era muy amiga de la Virgen y le llamaba Mamá.
Cuando acabó el cuento de la noche, nos sentamos todos, como cada noche, alrededor de ella, y rezamos el rosario.
Cuando rezábamos el rosario a veces se acercaba alguna vecina o vecino y arrodillándose en el filo del hogar rezaban con mucha atención.
Nosotros mirábamos para ellos, y a veces nos reíamos porque alguno de nosotros hacia alguna mueca que nos causaba risa y no podíamos parar de reír.
Después nos íbamos a las habitaciones. Por lo regular nos juntábamos en la cama de mi hermano mayor que ya tenía seis años, y jugábamos juegos de adivinanzas.
Después volvíamos a nuestras habitaciones donde en las noches de pálida luna, cuando los luceros guardaban la paz de la aldea, entornábamos los ojos para formar un camino de luz desde la luna hasta nuestros ojos. Era el camino por donde iban los niños buenos. Y nosotros como pensábamos que éramos muy buenos, le llamábamos “nuestro camino del cielo”.
Pero un día yo no estaba. Aquella tarde me había ido al campo con un amigo de mi edad, más o menos. Subimos a un nogal, y comimos muchas nueces.
Nos encontramos mal. La cara nos ardía de calor. Volvimos a casa, y mi madre me llevó a cama.
Tan pronto me acostó perdí el conocimiento.
No sé cuántos días he estado con fiebre muy alta. Solo recuerdo que de pronto desperté cuando mi madre me sumergió en agua templada.
Para mí fue el despertar de un sueño.
Nada recordaba.
El agua templada hizo bajar la fiebre y me sentí bien. Después baje a jugar con mis hermanos, que me preguntaban donde había estado todos los días que no hablaba. Pero tampoco yo lo sabía y encogiéndome de hombros iba recogiendo los juguetes que los amigos y ellos me habían dejado al lado de mi cama por si se me antojaba despertar.
Eran juguetes rudimentarios hechos por ellos. Una hélice voladora, una carraca, un palo con una rueda y alagunas cosas más.
Pero yo ya no tenía ganas de jugar. Estaba cansado y solo quería seguir durmiendo.
Mi madre me llevó a la cama, y vino el médico que me recetó no sé qué, para que me pusiera bien. Recuerdo el nombre de un tónico que se llamaba Keplé.
Y en una noche en que todos dormían, no sé por qué me fui solo al fayo. Llegué hasta un rincón oscuro, y a tientas busqué algo, que tal vez lo vi esconder a alguien o lo soñé. Tal vez algún hermano mío cuando yo era muy pequeño.
Pero yo iba a tientas buscando no sé qué en ese rincón aislado y oscuro
Encontré una cajita muy hermosa, algo así como un huevo de una gallina, que se abría como un joyero.
Bajé entre las tinieblas y volví a cama.
Dormía con esa cajita en la mano.
Cuando mi madre al día siguiente vino a verme tomó la cajita y me preguntó de dónde la había sacado, y se lo dije.
Mi madre, después de verla varias veces, abrazándome me dijo:
Esta cajita guarda para mi muchos recuerdos. Es un joyero que me regalaron cuando me casé. Había desaparecido. No sé cómo pude haberla llevado a ese lugar. Pero lo bueno es que ya ha aparecido.
A la noche siguiente ya pude ir a la habitación de mis hermanos a jugar, y poco a poco se me fue pasando aquella fiebre que he cogido por glotón, porque los niños no debemos comer más de lo necesario.
Me gusta · · Compartir
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario