jueves, 4 de diciembre de 2014

¿Quién ME ACOMPAÑA? Vamos hacer un viaje a traves del tiempo. Salimos una mañana temprano, cuando la aurora comienza a rayas allá en el horizonte. Después de subir y bajar algunas montañas nos encontramos escondida entre malezas y abrojos una cueva. Un gran letrero esculpido en la piedra dice: “Viaje al más allá? Podéis ir hacia el pasado o hacia el futuro. -¿Al pasado? -Pues sí, vamos al pasado. En una plataforma que vuela a velocidades desconocidas hemos llegado al siglo primero de nuestra era. Después de buscar un PDI (Punto de Interés) nos vamos por unanimidad al punto donde se ha dado principio a nuestra era. Al Portal de Belén. ¡Qué diferente a como se pinta! Aquí no hay nada. Todo es oscuridad en esa cueva oscura, iluminada con la luz de la luna. Mirando hacia arriba se ve un agujero en el techo. No hay puerta. No hay casi espacio. Un lugarcito con leña, yesca, un pesebre, un buey bastante manso. Se deja acariciar, y un suelo lleno de agujeros o pocitos de pisar el buey y otros animales. Telarañas bastantes. Algún murciélago y algunos lagartos que suben por las paredes al sentirnos a nosotros. Además tampoco es muy seguro este lugar, porque parece estar edificado bajo unas ruinas. Al lado un caminito, y al lado del camino un río. Bajamos al rio para coger agua, y un pastor que pasaba nos dice que esa cueva es vieja, muy vieja, tal vez perteneció a la casa de David. Ahora es un antro oscuro. Nos sentamos, y nos propusimos a comer algo, cuando vemos que unos viajeros se acercan. Seguro que irán de viaje. Pero al llegar delante de la puerta entran. No nos ven, porque nosotros somos de otro mundo y otra edad, Así podemos pasar en medio de ellos sin que nos vean. Observamos. Es un hombre de unos veintiocho años, moreno, pelo un poco ensortijado, Y sentada sobre un burro viene una hermosísima niña. No sé si es una adolescente o una mujercita de unos 15 a 18 años. Nos quedamos mirando su rostro, y su sonrisa. Que está embarazada es segurísimo. Nosotros nos felicitamos porque hemos llegado a tiempo para ver al Niño Jesús, porque ya sabemos que ella es María y el José. La esposa lo llama Josué. Y él la llama Miri o Miriam. Le pregunta si tiene frio. Y dice que sí. Entonces Josué se va a encender el fuego mientras María se acerca al buey. El buey es tan manso que mira a la Virgen con ojos bonachones y se deja acariciar. La luz de la luna va subiendo poco a poco. Penetra por aquel agujero que hay en el techo y un rayo de luz se posa sobre María. José o Josué está haciendo una hoguera. Nos acercamos a él y vemos que se saca las sandalias. Unas sandalias ya viejas. Las pone al lado del fuego, y pregunta a su esposa: -¿Cómo te encuentras María? -Bien, muy bien. No te preocupes José. Luego añade con una voz dulce: -¡Cuánto te cuesto José? -No. No digas eso. No me cuestas nada. Lo peor eres tú, que si nace el Niño hoy no tenemos ni siquiera una mano amiga que nos venga a ayudar. Yo no conozco a nadie. Y en la posada, y en las casas particulares nadie nos ha querido dar posada. Claro. Se entiende. Pero tú, María… -Confiemos en Dios José. Descansa un rato. Y María se pone en oración. Se arrodilla poniendo sus manitas de niña sobre el buey, porque tiembla de frio. Y José se va quedando dormido. Atiza un poco el fuego, pero el sueño lo invade y se queda dormido profundamente apoyado en la pared. Ahora los rayos de la luna iluminan sobre María. Una luz desconocida, hermosísima, cambia todo lo que se ve. El suelo parece de oro bruñido. La paja del establo parecen hilos de plata. Las telarañas parecen hermosos colgantes que relucen preciosos. Los murciélagos y algunas lagartijas parecen de ónice o tal vez perlas que vuelan de un lugar a otro. María está inmersa en esa luz. Cuando quisimos ver si necesitaba algo, un velo de luz que parecía brotar de ella misma la opaca. Es ahora María como un cielo, una emanación de lo más hermoso que nuestros sentidos puedan explicarlo. Es ella la portadora de la Luz que viene al Mundo para iluminar los caminos de la vida. Es ahora cuando al verla en medio de tantos resplandores nos postraríamos a adorarla como a Dios. Pero tal vez el ángel de nuestra guarda nos dijo: “Nadie como Dios.” Pero ninguna criatura se le puede igualar, porque esta mujer es desde este momento l Madre de Dios, porque para Dios nada hay imposible. Y de en medio de esta luz emerge la madre. Es ahora que María brota de esa luz con su niño en brazos, alegre, feliz, y cubre a su hermoso niño con su manto. Entonces José se despierta. Se asusta ante lo desconocido, y ve a María con el Niño en los brazos. No se atreve a acercarse a su esposa. Pero ella lo llama. -¡Que voz tan bella! ¡Qué dulces son sus palabras! "Ven José Ven y toma al Niño en tus brazos para ofrecerlo al Padre Dios." -No. No me atrevo, María. Este niño es Dios. Yo soy tan solo un humilde carpintero. No soy digno de tener al Niño en mis brazos. -Acércame la ropita. Está en el envoltorio José se acerca al envoltorio y llevaba la ropita de Jesús. María lo viste de inmediato, Luego toma al niño, lo pone en brazos de José, y le dice. -Ofrécelo al Padre. Eres digno, porque Dios te ha escogido para que en el mundo pases como padre de Él Y José estrecha al niño. Lo pone bajo la capa para darle más calor. Y envuelto en la capa lo ofrece a Dios. No recuerdo la formula, pero es muy hermosa. Luego María toma al niño que llora, y lo coloca en el pesebre. Pero no lo coloca para que esté mejor, sino porque hace mucho humo, y el Niño llora porque el humo le hace daño. Lo pone en el pesebre y lo tapa bien. Ella está a su lado contemplándolo. José hace más fuego y se va al lado de María. Hacen planes para buscar una casa para pasar algunos días en Belén, De pronto alguien llama a la puerta. José pregunta: ¿Quién va?” -Somos nosotros. Somos los pastores de estos montes. Hemos visto un ángel que nos dijo que viniésemos a adorarlo. Y venimos para que nos dejes verlo. Te traemos queso, una ovejita que da leche, porque el Niño la necesitará. También te traemos varias pieles de ovejas y un poco de miel, para ti. Mujer, porque ahora no vais a salir a buscar alimento. Entonces María toma al niño en sus brazos, se sienta y los Pastorcitos van besando al Niño. El Niño ya no llora, y parece mirarlos, cuando ellos van diciendo sus nombres para que José y María rueguen al Niño por ellos, ¿Continuo? Ya sería mañana.

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