sábado, 13 de diciembre de 2014
EL GATO
Uno de esos días que podíamos pasear por todo el convento se nos ocurrió ir a la enorme huerta para contemplar las bellas flores que el hortelano cuidaba con esmero.
Éramos cuatro, pero dos quisieron dar una vuelta por el pueblo, y nos quedamos solos Isidoro y yo.
Nos sentamos junto a los bellos parterres donde las flores mostraban sus hermoso colores, rojos, blancos, amarillos y azules, entre un aroma que alegraba la mañana.
Junto al jardín pasaba un pequeño río que bajaba por un barranco formando una hermosa catarata, Mientras contemplábamos los irisados rayos de luz, fundiéndose en uno y variados colores atravesados por un rayo de sol que penetraba entre las ramas de los altos árboles, mirábamos las abejitas saltar de flor en flor para libar en sus cálices ese néctar embriagador del cual se llenaban sus diminutas patitas,
También las mariposas con ese vuelo incierto indefinido parecían quererse posar aquí y allá, pero inútil perseguirlas porque se nos escapaban por las laderas llenas de hierbas que caían por el barranco.
Por fin una. Era una grande, de bellos colores rojos, negros y azulados.
Con mucho cuidado íbamos persiguiéndola cuando ya casi la teníamos atrapada cuando un gato que estaba observando desde una rama se lanzó sobre ella y se l zampó.
Quedamos nosotros con ganas de darle una patada al gato. Pero se subió de pronto al árbol y no lo podemos coger.
Isidoro le tiró una piedrecita. Una piedra pequeña y no con fuerza.
Pero no sé en qué parte de su cuerpo le dio que bajó precipitado y cayó muerto a nuestros pies.
Isidoro y yo comenzamos a llorar. Pero por más que llorábamos el gato no resucitaba.Era el gato preferido del cocinero. Aquel que cada mañana se enroscaba junto a nuestros pies para que le diésemos un trocito de queso.
Entonces sentados en la raíz de un manzano alto nos pusimos a pensar que podríamos hacer para librarnos del castigo.
No encontrábamos solución.
Pensamos en tirarlo al camino. Pero aquel día los niños estaban también por el camino. Y podrían traerlo hasta la portería. Entonces buscamos otra solución: Enterrarlo.
Pero tampoco, porque el hortelano lo encontraría y seria mucho peor.
Y otra vez nos pusimos a llorar sin consuelo. Ya teníamos once años, por lo tanto éramos dignos de castigo.
De pronto levantamos la vista a ver si de las nubes nos inspiraban alguna solución.
La chimenea de la cocina hechaba humo. Y el gato era el preferido del Cocinero, que era un Fraile andaluz.
Cerca estaba la habitación del Padre Marcos. Un padre de unos cincuenta años o más, que siempre dejaba el bonete donde nosotros nos queríamos sentar, y sin querer, nos sentábamos sobre el bonete.
Ese padre no quería a los niños. Siempre que podía nos echaba una bronca. Por eso nos sentábamos sin querer sobre su bonete.
Otras veces le rompíamos el bastón para que no pudiera coger fruta de los árboles. También se lo rompíamos sin querer, porque el bastón o palo era poco resistente.
Entonces pensamos en tirar el gato por la ventana abierta del Padre Marcos y así sería él el culpable.
Pero ¿Y si estaba en su habitación?
No, no. No podía ser. Había que inventar otra solución.
Entonces despellejamos al gato y enterramos su piel. Le cortamos la cabeza y el rabo de modo que parecía un conejo.
Lo lavamos bien, y lo metimos en una caja bien envuelto con unas letras muy bonitas que decían.
-Regalo para el padre Marcos de una persona que lo quiere muchísimo.
Y con el rostro alegre nos acercamos al cocinero y le dijimos.
.Ha venido una mujer a la aportaría, y traía este paquete para el Padre Marcos. Dice que es un conejo de los Pirineos y que se lo pongas asado para él solito.
-¿Y cómo era esa mujer?
-No era alta ni baja, sino todo lo contrario. No era guapa ni fea, sino todo lo contrario.
-¿Y cómo vestía?
-Pues muy bien. Además olía a colonia y traía un sombrero muy lindo.
-Debía ser su madre. ¿Ya se ha ido?
-Sí. Se ha ido corriendo. A lo mejor tenía ganas de ir al lavabo.
Bien, bien. Pues le pondré este conejito lindo al Padre Marcos bien asadito.
Nosotros nos fuimos con la conciencia descansada. Y además alegres, porque habíamos lograr encontrar una solución al problema.
Pero de pronto nos entraron unos terribles remordimientos.
No sabíamos si era pecado o si no lo era. Lo mejor era confesarnos con el Padre Marcos y como era secreto de confesión ya no podía decir nada.
¿Pero y si no nos daba la absolución? En ese caso ignorábamos si quedaría él libre para acusarnos, y sería el remedio peor que la enfermedad.
Entonces de nuevo nos entró el llanto. Íbamos a preguntarle al Padre superior que se puede hacer en estos casos, pero no nos atrevimos.
Tocó la campana para comer. Todos se sentaron en su lugar, y el cocinero sirvió la sopa.
Luego sirvió carne asada, para todos, menos para el Padre Marcos, al cual le sirvió un gran plato con el Conejo-gato a trozos.
El Padre Marcos decía:
-¿Y por qué a mí esta distinción?
-Porque una mujer –dijo el cocinero- lo ha traído. Debió ser su madre.
-No. Mi madre no, que está en Madrid.
-Pues debió de ser alguna persona que lo quiere mucho.
-No creo, porque yo no tengo amigos. Pero me lo comeré, huele que atrae.
El compañero de mesa, ya un fraile viejo decía:
-A ver si es para mí. Mejor me lo dé a mí
-No. No le doy nada. Me lo comeré en honor a esa persona que tanto me quiere. Además usted está a régimen de patatas hervidas.
Y comenzó a comerse el “conejo” con gran apetito. De cada bocado bendecía a la persona que se lo había regalado.
Pero otra vez a Isidoro y a mí nos entraron unos tremendos remordimientos. No sabíamos si comer gato era igual que comer una rata, y podría hacerle daño.
Entonces nos levantamos y fuimos a la cocina a contarle la verdad al cocinero.
Pero el cocinero se enfadó muchísimo con nosotros. Dijo que se lo iba a contar al padre marcos. Y por más que le rogamos, se fue al comedor y a voz en grito dijo mirando al padre Marcos que estaba rebañando los últimos huesos
-Padre Marcos. Ese conejo que acaba de comer, era un gato. Sí, un gato, que estos dos desaprensivos han asesinado y me hicieron creer que era un conejo.
Los frailes se reían de tal modo que no podían pararse de reír. Pero el Padre Marcos tiró con rabias la servilleta, y haciendo como que vomitaba decía:
-Vosotros me las vais a pagar. Y ahora mismo.
Los frailes reían descaradamente.
El Padre Marcos se fue al teléfono y marcó el número del Padre Provincial de Madrid. Nosotros lo observábamos llenos de miedo.
Entonces le dijo:
-Padre Provincial: Dos rapazuelos desaprensivos me dieron gato por liebre. Deseo que les dé un gran castigo.
Y el Padre Provincial le dijo
-Hijo mío, por mi parte solo le puedo decir que buen provecho le haga.
Nosotros fuimos castigados a decir la culpa delante de todos los reverendísimos padres, los cuales se reían tapando la boca con la servilleta.
Pero sucedió que desde ese día el Padre Marcos se unió a nosotros. Y desde entonces nos ayudaba a hacer otras trastadas a los demás padres
Así que ganamos un amigo
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario