domingo, 14 de diciembre de 2014

DE REGRESO Hoy llego a mi casita de Cádiz. Subo la pequeña colina desde el camino que va por el bosque junto al mar. Después de unos cien metros se divisa mi casita, blanca y hermosa como todas las casas de Cádiz. Oigo a los niños jugar bajo un sol tibio que no calienta mucho. Me fijo y veo a mi inseparable amiguita. Viene corriendo hacia mí echándose en mis brazos, agitada de correr con sus amiguitos, me cuenta que Patón, (el perro) ha estado jugando con ellos. Que paró tres goles, pero le metieron dos. Luego se va corriendo otra vez con sus amigos mientras yo me siento sobre una vieja pared y contemplo las golondrinas que revolotean con finos chillidos mojando sus alas en el tranquilo mar como una coma de azul que luego van más y más allá para luego regresar sobre los árboles del bosque. Son las mensajeras que en sus negros vuelos anuncian a las flores que ya ha pasado el rigor del frio invierno. Me acerco hasta el jardín. Las madreselvas y los jazmines mezclan su aroma, mientras el césped tiñe de verde el suelo festonado de tímidas florecillas que brotan acá y allá. ¡Qué hermosa es la naturaleza!- pienso. Cuando de pronto el alegre silbar de los mirlos en la enramada me saludan. Me sonrío, y abro la puerta del jardín para entrar luego en casa. Una avalancha de niños salidos de no sé dónde, seguro que avisados por la niña rubita, viene a saludarme. Yo ya se lo que quieren. Por eso entro en casa y reparto unas pastillas de chocolate, mientras les digo que no estropeen las flores, que no suban a los árboles, que no se mojen con el agua de la acequia que pasa por el jardín. Y mientras se van a jugar preparo un bocata de pan con jamón. Y me siento bajo la sombra del naranjo. Mi perro se acerca. No dice nada. Pero su mirada fija en mi bocadillo dice a gritos que le dé un trozo. Entro en la cocina, salgo con un trozo de jamón y un vasito de cerveza sin, y le doy el jamón. Estaba entretenido mirando las muchas naranjas que hacen arrastrar las ramas cuando Patón, (el perro) mete su larga lengua en mi vaso y de dos lengüetazos casi me vacía el vaso. Le riño. Él sabe que le riño porque no quiero que en el día de mañana sea un perro borracho de esos que van midiendo el suelo, haciendo piruetas y otros mil excesos. Se pone con la cabeza baja y luego la posa sobre las rodillas para que le perdone. El eco de los cantares de los niños se pierde más allá del camino de la pradera. Ya es de noche. Después de charlar un rato con los amigos de internet me voy a dormir. Cádiz es la bella sultana, la que luce en sus aguas las perlas azules del mar del sur. Desde mi ventana contemplo las estrellas. Es hermoso contemplar un cielo estrellado escuchando el ronco son de las olas que se estrellan una y otra vez contra las rocas o mueren en la arena. No sé el tiempo que he dormido. Allá a lo lejos un gallo rompe el silencio de la noche oscura y tranquila anunciando un nuevo día. Aun puedo dormir dos horas más. Pronto el sol va tiñendo las montañas, y las sombras ya dibujan en el suelo verde movientes figuras de luz. Es hora de salir al trabajo. Otros van adelantarse. Tomo mi vieja bici y bajo por el sendero del bosque, el sendero que lleva hasta el puente Azul. Desde allí ya diviso la fábrica, y enseguida estoy en mi despacho Una nube eclipsó el cielo. Poco después unas gotas caen haciendo ruido contra los cristales para luego caer un fuerte chaparrón de primavera. Estoy un poco absorto pensando en el trabajo del día. De pronto Alicia, una de mis secretarias, la que siempre ríe, comienza a cantar a media voz: Cruz de mayo sevillana que en mi patio levanté, le pondré muchas más flores si consigo su querer….. Ahora el día se convierte en una mañana de vagante armiño, mientras distraídamente miro a los árboles en flor rodeados de una nube de florecillas blancas que la brisa en su soplo matinal va arrancando y lanzándolas al suelo. Después hay que recibir a los obreros y escuchar sus quejas, sus inquietudes, sus justas peticiones. Y poco después el gran reloj central indica que es la hora de pasar al comedor.

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