viernes, 12 de diciembre de 2014

EL MELERO ….Y volviendo la mente atrás llego hasta cuando tenía un año. También me recuerdo de otras muchas cosas, pero hoy tengo un recuerdo especial para el viejo melero. Era este un hombre que de tarde en tarde pasaba por la empedrada calle, allí por donde no pasaba ningún coche, porque esa calle iba a morir a un sendero del bosque que se perdía entre los árboles y a donde nos agradaba mucho ir a jugar. Yo era de los más pequeños. Tenía un año, tal vez año y medio. Aun me parece estarme viendo con un pantaloncito azul y un jersey rojo jugando con otros niños muy mayores. Algunos debían tener cinco años, porque eran los que cuidaban de mi personita. El viejo melero traía un enorme jarro de barro colgado al hombro, dentro del cual tenía un cazo de madera. En el otro hombro tenía una romana, que era con la que pesaba la miel Cuando los niños lo oíamos gritar por el sendero del bosque “EL MELERO” todos corríamos hacia él. Entonces se sentaba dejando su carga encima de unas piedras y cogiendo una ramita de cualquier árbol, la metía en aquel gran jarro, y a cada uno nos daba un palito untado con su sabrosa miel. Luego nos enviaba para que avisáramos a los padres para que le compraran miel. Yo no podía ir tan aprisa como los otros, por eso le daba la mano al viejo melero, y él me llevaba hasta mi casa donde mi madre lo esperaba para comprarle un kilo. Decían que era miel de la Alcarria, de las abejas que se alimentaban saltando de flor en flor con el néctar de los tojales de la montaña. El viejo melero era muy apreciado por todos los vecinos, pero los niños lo queríamos mucho, porque nunca se olvidaba de nosotros. Su chaqueta recosida por los codos olía a miel. Su vieja boina que tal vez alguna vez ha sido negra, pero que ahora tenía un color verdoso, también olía a miel. Sus manos callosas, con las que nos acariciaba y a veces ponía sobre nuestras cabezas también olían a miel. Así que nosotros lo seguíamos por ver si adivinábamos donde tenía su casa. Un día lo seguimos bajando la colina hasta la playa. Y allí en la playa ¡oh desilusión! Tomó una pequeña barquita de remos y saludándonos con la mano mientras remaba se fue perdiendo entre las olas del mar azul. Pero un día el melero dejó de venir. De nada servía asomarse a la pared, una pared muy alta que a mí me llegaba por la barbilla, pero que dentro de cuatro años se hizo más pequeña que yo, porque el Melero no venia.. Nada. El melero se había ido tal vez por otros senderos. Un mendigante de aquellos que venían por las puertas esperando un trozo de pan, nos dijo que el melero no venía porque estaba en su cama muy enfermo. Entonces todos los niños de la escuela le pedimos al maestro que nos llevara a ver al viejo melero, porque estaba muy enfermo. Era una de esas bellas mañanas de mayo, cuando los días ya son muy largos. El maestro alquiló un coche que se llamaba Rubia. Y en la rubia nos llevó a ver al melero. Pronto llegamos a su casa, que estaba en un recodo de la bahía, al otro lado del Peñón de Gibraltar. Era una casucha pequeña. Yo iba de la mano de mi hermano mayor, ansioso de ver a mi amigo el melero y de paso ver también las jarras de miel. Subimos unas escaleras estrechas. Allí, en una habitación con una ventana sin cristales, desde la cual se veía el mar, y por donde entraba el rugir de las olas, había un camastro. Y en el camastro el viejo melero. Debía estar muy enfermo, porque hablaba poco, y a todos nos sonreía. En pijama y levantándose como pudo, ayudado del maestro y de dos chicos mayores, se acercó a una gran jarra llena de miel. De la cocina trajeron algunos platillos, y su hermana, también muy mayor, nos puso una cucharadita de miel a cada uno. Una miel muy sabrosa que nosotros comimos sin esperar palillos ni cucharas, así como debían comerla Adán y Eva, a lengüetazos. Después, antes que la noche cubriese los campos, nos fuimos otra vez a casa. Un día el maestro no mandaba comenzar el trabajo. Parecía que estaba muy preocupado. Y con voz baja, en un solemne silencio nos dijo: Hijos míos, mis queridos alumnos hagamos una oración porque el melero se ha ido al cielo. Yo tenía la duda de si se llevaría al cielo las jarritas de miel y le pregunté al maestro, el cual me contestó que en el cielo no se come miel. Me quedé pensando que si no se come miel… Y le digo al maestro: -Pues si no se come miel ¿para que se ha ido al cielo? -Porque en el cielo hay otros manjares mejores. Y todos nos callamos, mientras que por el rostro de alguna niña rodaba una lágrima que se moría en sus labios, o que se escondía entre las melenas de su cabello.

No hay comentarios:

Publicar un comentario