miércoles, 17 de diciembre de 2014
Un capitulo de mi novela “Recuerdos de España”
HOY ESTOY PENSANDO…
Hoy es domingo. Se celebra el día de la Sanísima Trinidad, por lo tanto el Día del Amor, ya que la santísima Trinidad es AMOR.
No tengo ganas de salir.
El teléfono suena a veces en esta tarde de sol español. Un sol que poco a poco se va acercando a su crepúsculo. Pero no lo cojo. Leo en su pantalla: Montenegro….Otra llamada: Aguirre- Luego otra Masané- Y otra Mas i Xarsal… Son mis amigos que deben invitarme a salir. Pero yo hoy no tengo ganas de salir. Quiero pensar, quiero recordar.
Las golondrinas vuelan dejando un canto monótono, dando vueltas sobre el jardín, pasando en vuelo raso sobre la fuente que mana clara y sonora en un bello rincón, bajo la tutela de verdes y altos árboles que ahora se mueven en la brisa crepuscular.
Entonces me siento cerca del pequeño lago azul donde los peces de colores asoman en espera de que les de unos granitos.
Las últimas abejas del día liban de los cálices de las flores para llevar a sus colmenas, que están al otro lado del jardín el dulce néctar que afanosas llevan en sus diminutas patitas.
Algunos niños pasan por el sendero por donde tiene su entrada el jardín, y cantando se van hacia el cercano bosque por donde deben pasar para llegar a sus casas. El eco de sus voces se pierde a lo lejos mientras el ronco son de las ondas va y viene hasta mis oídos.
Ya en el cielo asoman los primeros luceros, como luciérnagas que se dibujan en el pequeño lago.
Yo pienso. Estoy abstraído en mis pensamientos. Unos dulces recuerdos asoman como venidos del profundo de la lejanía. Es el recuerdo de mi primer amor.
Aun me parece el estar viéndola desde el mirador del colegio, cuando pasaba con otras adolescentes riéndose con esa alegría que brota de un alma pura.
Aun no era mi novia. No me atrevía a charlar con aquel ángel centro de la alegría y de los juegos de su todavía niñez. Y yo ya tenía dieciocho años.
Una tarde se acercó, mientras yo contemplaba el ir y venir de tanta gente, algunos de los cuales entraban a hacer una visita al templo de María Inmaculada.
También ahora ella, vestida de azul, dejando caer sus largos cabellos rubios sobre su espalda, se acerca y me pregunta: ¿Cómo te llamas?
-Carlos Javier.
-¿No debías estar hoy en la fiesta?
-Debía, pero… Estoy aquí.
-¿Sabes si hay algún sacerdote confesando? Es que mi hermanita hace su primera comunión el próximo domingo y deseamos acompañarla.
-No sé si hay ningún sacerdote porque se acabaron los oficios. Pero si queréis os envío a algún sacerdote. ¿A cuál preferís?
-Al Padre Miguel.
-Entonces esperad un poco.
Casualmente el Padre Miguel estaba orando en el templo. Y muy amable las atendió. Al salir, le digo a la que admiraba:
-¿Y tú tampoco vas a ir esta tarde a la fiesta?
En ese momento las campanas desgranaron las nueve de aquella tarde, y sin esperar respuesta me despedí, porque había que bajar al comedor junto con los niños que en aquel colegio tenia a mi cargo.
Mientras el crepúsculo silencioso extendió su manto sobre el enorme patio donde jugábamos en los recreos, y la noche iba encendiendo entre sombras las perlas que escondía en la bóveda celestial, pensaba en los bellos ojos de aquella muchachita, de la cual ni siquiera conocía su nombre.
Pasaron unos días. Sentado sobre la barandilla del mirador del templo veo que pasa con sus amigas.
Bajé las escaleras y la invito al paseo. Era un paseo donde todas las parejitas iban a pasar el rato en los atardeceres.
Me dijo que podría acompañarla, y junto con mis dos inseparables amigos nos fuimos hasta el Paseo del Príncipe.
Después de algunas vueltas nos sentamos todos a tomar unos helados, porque el caluroso día hacía sentir demasiado bochorno.
Mis ojos se posaron en sus pupilas azules, mientras me preguntaba:
-¿Tienes novia?
-No. Tengo otros proyectos. Pero me gustaría salir contigo.
Pocos días después era mi compañera en los paseos del Príncipe. A veces me presentaba amigos, y amigas, así pasábamos los días y los meses.
Me había enamorado.
Pero todo en esta vida se acaba. No es duradera la felicidad, pues cuando piensas que comienzas a disfrutarla desaparece.
Un buen día me dice: Tengo una noticia. Tal vez no te agrade, como a mí no me agrada.
-Pues ya puedes decirla. Te escucho.
-Para la próxima semana embarcamos para Estados Unidos. Ya sabes, mi padre ha decidido continuar allí sus investigaciones y nos vamos todos.
No le contesté. Ella debía obedecer a sus padres. Yo debía esperar su regreso a España.
Después….Después los primeros días se hacían aburridos. Pero debía pensar en mis estudios, y esperar sus cartas. Lo único que en ese tiempo nos ponía en comunicación.
A los dieciocho años se siente uno lleno de ilusiones. Todo es vida de colores, todo es alegría y bienestar. Pero ahora…
Poco a poco todo se va olvidando. No es duradero el amor, tampoco lo es la tristeza... Y me fui a Bilbao. En Bilbao conocí a otras personas, aunque es cierto que un amor cortado es como una rama cortada, que siempre deja una herida en el alma. Y aunque quiera brotar nunca es la misma.
En estas cosas estaba pensando mientras mi perro Patón dormía tranquilo a mis pies, levantando de tarde en tarde la cabeza como diciéndome: ¿Pero tú qué piensas, amigo? Los perros también comemos.
Y hoy, pensando en esos dulces recuerdos pasados, me quedé dormido en el sillón, hasta que la sombra juguetona de las ramas de los arboles me despertaron junto con el trinar de cientos de niños, cuyo colegio está a pocos pasos de mi casita.
Mi casita. (¡Qué bonita es!).
Desde el mar sube una colina llena de bosque, en cuyas ramas cantan sin cesar cientos de pajaritos de todas las especies.
Tortuosos senderos serpentean por el bosque, a veces llenos de hojarasca, a veces perdiéndose entre flores azules, blancas, o azucenas silvestres, como una hermosa alfombra que se extiende más y más allá.
Senderos tal vez hechos por animales que ahí viven en fraternal república. La sombra de los árboles los cobija en los calurosos veranos.
Es delicioso caminar entre los árboles en la primavera cuando el sol rueda en el espacio azul, viendo las ardillas subir trepando hasta las ramas más altas para luego quedarse contemplando al que pasa al pie de esos altos árboles que parecen perder su copa entre las nubes.
Después de caminar desde el mar, oyendo el susurro de las olas, y respirando el yodado aire que la brisa empuja, se llega a un decampado.
Varias casitas diseminadas aquí y allá. En algunas juegan alegres niños que sueñan con ser cazadores o militares heridos en la batalla, y van de puerta en puerta pidiendo algo que comer y curar sus heridas. La comida son hojitas de árboles, y las puertas unos pequeños palos clavados en el suelo.
Ahí, en una de esas casas, en la que tiene sus ventanas mirando al mar, cual vigía, está mi casa.
Delante una era espaciosa rodeada de pequeños árboles frutales, de madreselvas y damasdenoche, que a los atardeceres llenan con su aroma embriagante los jardines y los senderos.
Los mirlos, y otras aves cantoras suelen anidar cerca, porque saben que siempre encontrarán semillas o gusanitos que los niños dejan cerca para que vuelvan.
Un poco más arriba un bosque de castaños, en una empinada cuesta, al pie de la cual nace un arroyo de aguas frías que luego pasan por los jardines de las casitas.
Desde este lugar se escucha el eco nítido de las palabras que decimos. Un eco que siempre responde.
Cuando niño solía subir hasta allí para bronquear a un virtual enemigo invisible al que llamábamos “el hombre del saco”. Pero él siempre remedaba nuestras palabras, y nos hacía enfadar. (bendita ignorancia)
Muchas veces, cuando cansado del trabajo diario, me llego a la casita, me agrada mirar hacia el mar. Ver como las olas una y otra vez llega con furia a la playa para convertir su fiereza en mansa espuma.
Por las noches de claros luceros se pueden ver a centenares las estrellas colgadas de un enorme velo azul, que suelen guiñar sus ojos para que nos fijemos en ellas. Otras brillan con menos luz. Y todas rielan dejando su impronta en el inmenso mar.
Aquí no hay soledad, porque la bahía está siempre llena de gente que va y viene de un lado a otro. Por las no ches los animales del bosque dejan oír su voz para defender su territorio, y luego salir a cazar algún conejo salvaje o algún pájaro que duerme tranquilo sobre una rama, cubierto tan solo de una hoja que lo esconde.
¡Que diferente este trocito de paz de la febril capital de Barcelona!
Aquí todo es paz. Allá todo es ruido. Aqui todo es admirable, allá todo es polución.
¿Y luego dirán que las obras de los hombres son más admirables que la naturaleza, obra de Dios!
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