viernes, 12 de diciembre de 2014
Los dos ladrones y Hezel.
Era el mes de julio. Una de esas tardes de fiesta me fui con los amigos hasta la Ribera. La Ribera es un paseo en medio de un bosque que está muy cerca del mar.
Al poco rato vi pasar dos chicas hermosas y esbeltas. Tan embelesadas iban en sus charlas que apenas nos miraron. Luego allí donde el sendero se tuerce hacia el mar las he perdido de vista.
Cuando ya el sol declinaba y rompía sus rayos en bellos iris, fundiéndose con la inmensidad del mar, bajamos hasta la playa.
Sentadas en uno de esos bancos de piedra estaban contemplando la hermosa puesta del sol.
Los padres de Luis nos invitaron a subir a su coche, un hermoso mercedes, para volver a la capital.
Todos se subieron. Yo preferí quedarme.
Luego que el sol hundió en su cuna líquida sus últimos rayos me acerqué, y luego d saludarlas les pregunté su nombre.
Las tres eran hermosas. Las tres eran alegres con esa alegría contagiosa que sale de una juventud sana.
-Yo me llamo Inés.
-Yo Karla
-Yo Hezel. ¿Y tú cómo te llamas? Porque nosotras ya nos hemos presentado.
-Carlos para los amigos.
-¿Y para los demás?
Ahora, al no saber qué contestar se reían. Pero aquella que más me agradaba, dice:
-No les hagas caso. No se burlan. Siempre nos reímos.
-Pues sí, para los demás dejo que me llamen por el apellido.
-Como en el instituto. ¿Tú eres de aquí?
-No.
-¿Estas de vacaciones?
-No.
¿Trabajas o estudias?
-Las dos cosas. Pero ya deja de preguntar, que ahora es mi turno.
-Adelante.
-Tu eres Hezel ¿verdad?
- Si esta es Karla y esta otra es Inés no me queda más remedio de ser Hezel.
-¿Estudias?
-Estudio, trabajo, ayudo a mis padres, cuido de mi hermano porque aún es pequeño, y me gusta pasear, estar con mis amigos, venir a la playa, y el arroz con leche también la ensalada. ¿Algo más quieres saber?
-No. Bien, ha sido un placer. Me tengo que despedir porque ya se acerca el autobús. Es el último y si lo pierdo tendría que ir a pie.
-¿También vas en este autobús?- dijo Karla.
-¿Venís vosotras?
-Sí. Yo vivo en la Calle D. Bosco. ¿Y tú?
Por mi cabeza pasó un recuerdo. Me fijo en cada una de ellas. No había duda. No era la primera vez que las había visto juntas.
A principios de curso, estando de paseo por la Calle del Príncipe, unas chicas iban delante. Yo iba muy cerca, con mis buenos amigos Aguirre y Aníbal.
De pronto unos chavales se ponen detrás de ellas. Una llevaba el bolso a la bandolera, las otras no. Uno de esos chavales se adelanta, con un cúter raja el bolso y al suelo cae una hermosa pulsera de oro.
Con la velocidad del rayo la coge y se va corriendo. Pero Aguirre y yo lo perseguimos hasta casi las afueras del pueblo de Vigo.
Cansado se dejó caer al suelo y nos dijo que no lo acusáramos a la guardia civil.
Nos entregó la pulsera y una carterita que llevaba algunas monedas.
Regresamos al paseo, y se las entregamos. No sabíamos de donde eran, ni como se llamaban.
Con pocas palabras Aguirre les dijo que tuviesen más cuidado, Yo me quedé charlando con Aníbal. Luego de agradecer el gesto se marcharon a sus casas.
Fue entonces que me acordé que ya había visto estas chavalas en esa ocasión.
Y sin contestar directamente les dije:
-Pues sí. Trabajo y estudio. Y a veces también persigo ladronzuelos para devolver las pulseras a sus dueñas.
Además mi trabajo también está en la Calle de Don Bosco. En el Colegio de los Salesianos
Hezel se me quedó mirando. Entonces me fijé en sus grandes y hermosos ojos azules, un azul profundo que lo realzaba más su cabello de un rubio castaño con un bonito peinado.
Bajando un poco la vista me dijo.
-¿Has sido tú?
-Con la ayuda de Aguirre. Yo solo no podría. Nunca se sabe cómo reacciona un ladrón.
- Oye…Nosotras vamos al paseo de la alameda cada tarde. Nos sentiríamos muy honradas si alguna vez nos acompañáis ¿Verdad chicas?
-Siiii.
-Pues por nosotros no hay problema. Lo mismo nos da ir a un lado o a otro. No tenemos novias.
Tampoco nosotras. Pero digo como amigos.
Pasaron tal vez dos meses. En todo este tiempo no las volví a ver. Tenía demasiado trabajo con atender a los niños de primero y además preparar mis lecciones. Poco tiempo me quedaba libre. Y cuando tenía tiempo me iba a dar un paseo con los amigos, a los que no les dije nada porque nada había que decir.
En estos dos meses me concedieron el ingreso en la Universidad de Bilbao.
Bilbao es un lugar precioso. Cierto que llueve mucho. Pero eso ayuda a conservar un pueblo lleno de verdor.
Aún recuerdo la despedida del colegio de los niños de primer curso.
Cuando les dije que esa clase era la última que yo presidiría, porque debía irme….todos prorrumpieron en llanto.
Reinó un silencio lleno de lágrimas, donde se oían suspiros por todas partes.
Al fin les dije:
-¿No acaso soy yo el que debo de irme? También me duele tener que irme tan lejos. Pero mi deber hoy es ese. Tal vez otra vez nos encontremos porque la vida está hecha de sorpresas.
Así que damos por terminada la clase y os podéis ir a vuestras casas.
Nadie se movió de su sitio.
Todas las miradas bañadas en lágrimas estaban puestas sobre mí.
Entonces se me ocurrió despedirme personalmente con un beso a cada uno de aquellos niños que por varios años habían estado en mis clases o jugando en el patio, o comiendo en el salón.
Un nudo apretaba mi garganta, pero debía sonreír aunque me tragase las lágrimas.
El Padre Superior vino en mi ayuda, y poco a poco se fueron marchando.
Dos días después el tren rodaba tranquilo por la meseta castellana, cruzando valles o colinas sembradas de trigo, ya casi maduro.
Cuando llegue a Bilbao busqué una pensión cerca de la Universidad. Y allí al lado en el campo de Volantín encontré una buena mujer que tenía una pensión. Y allí me quedé.
Era una mujer mayor. No había tenido hijos, adoptó a uno.
Yo la estimaba mucho, y ella me trataba como a un hijo.
Lo peor era que casi no entendía el castellano, por eso debía esforzarme en aprender el idioma vasco.
Uno de esos días llamé a mi amigo Aguirre por teléfono. Gracias a él pude hacerme con el teléfono de Hezel.
Mi sorpresa fue mayúscula al ver que tenía el mismo prefijo de Bilbao.
En Bilbao hay una bellísima colina, en la cima un enorme colegio y un campo de aviación, o tal vez de entreno de militares.
La patrona en vez de cobrarme la pensión quería que paseara a sus nietos por la colina de Archanda, que así se llamaba.
Subíamos poco a poco, y cuando ya cansados nos sentábamos a atomar el bocadillo que la patrona nos preparaba.
Cuando los niños (un niño de cinco años y una niña de cuatro) no querían la merienda me la comía yo. No les obligaba a comerla. Era yo entonces un joven que comía bastante.
En nuestra compañía también iba el perro. Un enorme perro mastín que parecía una fiera, y muy bien amaestrado. Cuidaba de los niños si yo me descuidaba.
Uno de esos días en que estábamos jugando a las canicas, siento que en el bosque de Archanda alguien pedía auxilio.
Cogiendo a la niña en brazos y al niño de la mano me adentré en el bosque a ver quién pedía auxilio.
Veo a un hombre de unos 30 años, fuerte, y con una visera que le cubría los ojos, y a una joven que, atemorizada se vino hacia mí.
El perro se lanzó al hombre y lo tiró en tierra.
Le di órdenes al perro que le sacase el calzado, y el perro en un momento descalzó al ladrón, al tiempo que mordía el brazo en el que portaba un arma de fuego.
Le saqué el arma y pregunto a la joven si le había hecho daño.
-Me sacó la cartera con dinero. La tiene en el bolsillo. Me pegó una bofetada y un amigo de él se llevó mi bolso. Menos mal que has llegado con este perro.
-No puedo dejar a los niños. Baja al pueblo y te vas hasta la Universidad, este sendero te lleva hasta la misma Universidad. A la derecha está el cuartel de la Guardia Civil. Diles que vengan pronto, porque el perro es capaz de matar a este hombre, y hay que evitarlo. Si se mueve….
-No me muevo, imbécil. Dile al perro que se retire.
-Eso jamás. Si te mueves o tratas de escapar el perro te alcanzará.
Ya la chica se fue, y pronto volvió acompañada con la Guardia Civil
-Ah, Ya lo conocemos. ¡Volverás a la Cárcel, Miguel. Tú te lo has buscado.
-Le devolveré todo lo que le he robado, pero a la cárcel no.
-Eso lo decidirá el Jefe.
Y los tres se fueron, mientras yo seguí jugando con los niños y me fui a casa.
Al día siguiente paseando por el Campo de Volantin me encontré la chica, le pregunto
-¿Te ha devuelto el dinero?
-Sí, todo. Gracias.
-¡Anda! Pero si a tu amiga la conozco yo. ¿Qué tal Hezel?
-Pues muy bien. Vengo para inscribirme en la Universidad.
-Aquí en la Universidad de Deusto es muy difícil. Si no tienes una buena recomendación…
-No conozco a nadie.
-Esta Universidad está regida por los Jesuitas. Yo conozco a todos los Padres. Pero si no hay plaza…
-Haz lo que puedas.
-Ya me ha dado tú teléfono Aguirre. Hoy hablaré con el P. Superior. Y si te pueden admitir te lo comunicaré.
-¿Y tus compañeras, las de Vigo?
-En Vigo están. Ojalá estuviesen aquí tus amigos. Me sentiría más acompañada.
-Es que te conocí en Vigo a causa de un ladrón, y ahora a causa de otro ladrón.
-Jajajajajaja. Pues sí, es verdad. Menos mal que llevaba el perro, porque tengo entendido que el ladronzuelo es de armas tomar, aunque la pistola resultó ser de juguete.
-¿Entonces mañana me dirás algo?
-Espero que sí. Venga, pues, hasta mañana
-
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