jueves, 11 de diciembre de 2014

La cerradura. Cansado de dejar el ordenador del despacho de mi casa sin clave y al alcance de todos, después de años en que cualquiera pudiera tener acceso a él, y cansado de emplear mi tiempo libre en arreglar cosas viejas, en vez de charlar con mis amigos, hasta el punto de que ya últimamente no entraba en el Chat, decidí por unanimidad, es decir yo y mi, en poner una cerradura al despacho El despacho es una pequeña habitación donde solo cabe un sofá, dos librerías, una estantería apara mi acordeón, para mis libros, los que yo escribo, y para mis hobby. Pero pocas veces podía entrar, porque como estaban los amigos no cabía yo. Decidí, pues comprar una cerradura ponerla a la puerta y si alguien llamaba les contestaría desde adentro: “No estoy, lo siento. Cuando venga los avisaré. Dejen sus sugerencias por debajo de la puerta”. Y me fui a la ferretería Montero. --¿Qué desea el cliente? -Una cerradura para una habitación, que no sea grande ni pequeña ni mediana, sino todo lo contrario. -Solo nos queda una. -Pues me la llevo. Llego a casita, después de admirar desde la colina el mar en calma, sentado bajo una palmera para que no me molestasen los rayos de este cálido sol invernal. Todo ilusionado comienzo mi trabajo: Hago el vano de la cerradura con una gubia y un cincel. Pruebo y cabe exacta. ¡Muy bien, eres un lince, tío! (Lo dije muy bajito porque estaba satisfecho de mi obra. Y coloco la cerradura. Pero no encajaba a mi gusto. Volví a sacarla a empezar. Y la cerradura que nones. Cuando me pareció que ya estaba bien, hago el agujero de la maneta y el del bombín. Pero no había manera. El de un lado tiraba al norte el del otro lado un poco más al sur. Teniendo en cuenta que al medio día la sombra da hacia adelante y ese es el norte. Pero, claro, no alumbraba el sol, sino una portátil. No. No cuadraba, Había que deshacer lo hecho, y pensar los sudores que yo derramé. Tantos como un desterrado hijo de Eva y de Adán. Por fin entró el bombín y la maneta. Quise poner los tornillos, pero la madera de mielsa es muy dura, y se iban a otro lado. Por fin pude terminar, después de varias horas. Faltaba el Pañ del dintel. Después de agujerear el dintel coloqué la pieza. Pero súper imposible. Allí ya se me acabaron los restos del sudor. Me senté vencido y humillado. Definitivamente estaba perdiendo cualidades. Y me puse a cantar una bella canción con el acordeón que dice: Cuando oigas estas coplas que tú ya no soplas como mujer. (Y me callé, porque quien no soplaba era yo, y yo no soy mujer. Volví a intentarlo. Y… ¡Oh, sorpresa, oh pánico, quebranto, miedo, y terror! La puerta la cerré, pero me quedé encerrado dentro de mi despacho sin nadie que me escuchara, sin que una mano, ni una ayuda o un miserable ladronzuelo se le ocurriera venir a robar… ¡Le daría cien euros de propina si me sacaba de mi despacho, que ahora se me asemejaba a un antro asqueroso y horrible. Menos mal que tenía un martillo en la mano. Después de darle incontables martillazos cedió el bombín, y pude salir. ¡Esa miserable cerradura, forzada e inservible, era una traidora! Ya no lo intenté. Llamé a un amigo para que viniese en mi ayuda. Me dijo que venía en un momento, porque dentro de dos horas se iba a Valencia. Y vino. Al llegar y escuchar mi triste historia, se echó a reír como un loco. Luego me dice: -Esto es muy fácil, hombre. Mira. Se entra en el despacho, se mide bien el pasador… -¡Noooo! ¡Nooo! En el despacho nooo, que te pesará. - ¿Pesarme? Mira. Se prueba, y veo que va muy bien. Cierra muy bien. Ahora abro y me voy a prisa. Pero no se puede abrir. ¡Ja! Vaya gracia. Me quedé encerrado en tu despacho. ¿Por qué no me has dicho nada? -Intenté, pero no me has dejado -Pues sácame de aquí, que tengo prisa y también claustrofobia. -La claustrofobia no arregla nada. Y la prisa …tendrás que esperar que vengan los bomberos. Yo no puedo hacer nada. -¿Rompo la puerta ¡ -Rómpela, pero te advierto que es de “mielsa” y blindada, como las otras. -¡La madre que la p…! ¡Yo me desmayo. ¡¡Sácame de aquí!! -Tómatelo con calma. Ahí está el acordeón. Puedes tocar un paso doble… -Oye, no te coñees. Tengo prisaa. Llama a quien quieras. Pero sácame de aquí. -Mira, ya se está haciendo de noche. Yo puedo empujar la puerta, y tú tira. -¡Vale. Voy a darle con la maza al bombín! Y el bombín saltó y mi amigo se fue bufando como un gato. Yo me tomé el desayuno, la merienda y la cena toda junta, porque no había tenido tiempo. Y me fui a dormir. Cuando me levanté bajo al jardín a coger unas cuantas naranjas del naranjo para exprimirlas como nos exprime Hacienda, y me las desayuné. Llega José Luis, un amigo. Le cuento la historia, y dice que eso lo arregla él enseguida. Pero no quise porque no soy partidario de privar de libertad vigilada a nadie. Saqué la cerradura. Con un aparato electrónico medí los ángulos y veo que están inclinados. Así que con su ayuda coloque mejor la cerradura y ya está. Pero a costa de hacer y deshacer varias veces. ¡Ey, no perdáis el cuento de vista, porque tiene su moraleja!

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