sábado, 6 de diciembre de 2014

ERA PRIMAVERA Era uno de esos días primaverales cuando las flores brotan en los senderos y en las praderas. Los bosques se pueblan de aromas y de flores. Los niños salíamos a jugar, alejándonos a veces hasta los bosques en flor. A mi hermano y a mí nos agradaba estar junto a los pequeños ríos haciendo molinillos con nuestras navajas y hacer que el agua los moviera. Eran dulces días felices que podíamos vivir todos los amigos sin que existiera otra droga que el llegar siempre tarde a casa, porque nuestros juegos infantiles en medio de la exuberante naturaleza no tenían fin. En uno de ese día observamos que por los senderos del valle pasaban muchas personas. Algúnos bien vestido, otros con sus ropas rotas. Pero todos iban no sabíamos a donde. Por eso preguntamos a un niño de nuestra edad, de unos ocho años. -¿A dónde va tanta gente? -A la Santa Misión. Yo fui ayer, me gustó y vuelvo hoy -¿Y eso que es? -Dos sacerdotes predican. Uno se llama Franciscano. El otro se llama Jesuita. -¿Dan caramelos o chocolate? -No lo sé. A mí no me dan nada. Picados de la curiosidad también nosotros decidimos ir detrás de ellos a ver cómo era una “Santa Misión”. Llegamos a una extensa pradera en una pequeña colina. La gente se sentaba en pequeños trozos de madera que llevaban, o en una piedra, porque la tierra estaba un poco húmeda. Nosotros como no teníamos nada nos sentamos encima de flores. Había dos padres predicando. En algunos sitios había sacerdotes sentados dispuestos a confesar. La gente era mucha, Los senderos, la pradera, y toda la amplia extensión estaba cubierta de persona. La sombra de los arboles cobijaba a casi todos. Hablaba el padre Franciscano, el de largas barbas negras. Y a su lado en un palco estaba también otro padre sentado en un tronco tallado. Todo era silencio. Hablaba de los Novísimos. Del Juicio, de la Muerte y de la gloria. Terminado su sermón se descansaba un rato para luego comenzar el Padre Jesuita. Recuerdo bien su sermón. Hermanos y hermanas. Autoridades y campesinos. Vosotros y yo somos iguales ante la muerte. La muerte tan temida por desconocida, tan deseada por ser la puerta de la gloria. ¿Y quien no desea ser mártir? El mártir va de inmediato al cielo. Había un convento en un lugar de Asturias. Un convento de Jesuitas. Un atardecer de verano alguien llama a la puerta. Fusil al hombro, y dos compañeros a su lado, cargados con grandes metralletas. - ¡Vamos, curas! Todos delante de nosotros. Vamos a dar un paseíto en esta hermosa tarde. Registraron el convento y también se llevaron a algunos novicios Y todos salieron. Varios camiones los esperaban. Subieron y en una explanada al borde de la carretera los bajaron y los colocaron en línea. -La voz de un Sargento dijo: Os vamos a fusilar. Pero si alguno quiere renegar de esa vuestra religión, y pasarse a nuestro bando, a ese tal le perdonamos la vida. Tienen cinco minutos para escoger. Todo quedó en silencio. Solo las melodías de algún pajarito en el ramaje. Por fin dan la orden de disparar y van matando a todos. Uno de ellos, uno que en aquel entonces era un jovencísimo sacerdote le dice a la Virgen: “-Madre mia.Voy a morir recién estrenado mi sacerdocio. Yo quería ser sacerdote para predicar siempre sobre ti. Si quieres que muera mártir también lo quiero yo. Si quieres que viva te prometo predicar tus glorias doquiera que esté.” Y el sargento dice: -Venga, a prisa, aún quedan tres. Ir a rematar a los que se muevan. Que no tenemos todo el día para dedicarlo a estas alimañas De pronto aquel sacerdote al terminar de decir estas palabras se encuentra en un bosque desconocido. Comienza a andar, y llega a un monasterio. Llama a la puerta, y cuenta lo sucedido. Le dicen: Ah, pero dices que esto ha sucedido en España. Ahora estás en Francia, y aquí no estamos en guerra. Comprendió el sacerdote que la Virgen había aceptado la promesa del pobre sacerdote. Yo que os hablo he conocido a ese sacerdote. Porque ese sacerdote soy yo. Calló el sacerdote. La inmensidad de personas que lo escuchaban por megáfonos también calló. Todo quedó en un gran silencio.- Un silencio solemne lleno de arrepentimiento. Después solo se oían llantos y rodar de lágrimas. Luego todos se fueron a confesar, llenos de fe por los prodigios que Dios hace a los que honran a su Madre, la Virgen, con oraciones o predicando sus virtudes. Esto que os digo lo he escuchado yo. Lo decía un sacerdote ya anciano cuando en su juventud los comunistas iban por pueblos y aldeas matando a los católicos. Comunistas milicianos que mataban en nombre de retorcidas ideas culpando a los sacerdotes de proclamar a un Dios que, según ellos, no existía. Pero ese Dios que ellos proclamaban inexistente es el Dios de los milagros, el que puede hacer lo que los hombres no pueden. Y casi siempre está de intercesora la Madre de Dios la Virgen María. -

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